NOTAS SOBRE LA TRAGEDIA

12:::Diciembre:::2007

sombra-1.jpgantigona-3.jpgtrag1.jpg La tragedia griega nunca es, sobre todo en SÓFOCLES, el relato de una peripecia individual. El héroe trágico expresa la naturaleza humana y su propia alma. Si comprendí alguna vez esa cima del pensamiento que es la tragedia, tal cosa ocurrió al caer en la cuenta de dos líneas tectónicas que la cruzan.

De un lado, la acción se desencadena a partir de algún acto del héroe o de algún hecho que se abate sobre él (o ella) sin su voluntad o consentimiento; y a partir de ahí hay un despliegue de consecuencias que se expanden en círculos concéntricos, afectando a próximos y lejanos, haciéndolo de modo trágico. De otro lado, hay una segunda línea de fuerza en la tragedia. No existe en ella el malvado puro, el actor por maldad intrínseca. No hay comportamiento perverso que brote de la naturaleza humana. Ello es consonante con el juicio de NIETZSCHE de que los griegos proyectaban sobre los dioses la responsabilidad y culpa de las acciones humanas; así, la atrocidad parricida de Medea los llevaba a decir, entre compasivos y sagaces, un dios debe de haberla trastornado; y es asimismo consonante con el intelectualismo moral: sabemos que SÓCRATES consideraba que quien obraba mal no lo hacía desde un espíritu corrompido; el infractor moral lo era por ignorancia del bien. Todos los sistemas jurídicos occidentales y sus fundamentos morales hallan su suelo patrio en este optimismo de la voluntad.

Ni en Antígona, ni en Edipo, ni en Electra, ni en Filoctetes, ni siquiera en Medea hay perversidad anclada a la osamenta humana; Nietzsche diría que los humanos somos ocasión para el divertimento de los dioses. Y estos son, a su vez, la proyección de las potencias e impotencias de la condición humana.

La tragedia griega expresa el desvalimiento humano ante el azar; expresa el dolor acechante; expresa nuestra pequeñez ante el flujo del Cosmos…, pero también hace un canto a la gigantesca estatura que cobra el héroe trágico cuando se comprende a sí mismo en su sufrimiento, y acepta que en la existencia de los hombres no hay fuerzas empeñadas en su caída. Desde esa aceptación, la vida está abierta para ser vivida gozosamente, asumiendo que en su aventura todo es posible, tanto el zarpazo del azar como el de la necesidad. Vivir, sabiendo esto -y ese saber lo procura la tragedia-, exige la construcción individual de un alma fresca y serena, de un espíritu alegre incluso frente al sufrimiento. Hacen falta lucidez y coraje. Y una gran elegancia.

Es necesario, dirá Nietzsche, tener un gran talento para el sufrimiento. Nosotros los elegidos del sufrimiento, dirá el filósofo turinés. Yo recuerdo al capitán Acab: Mi mayor grandeza reside en mi mayor sufrimiento. No se trata de complacencias o de estoicismo, ya se ha visto, sino de asumir la parte de realidad doliente que hay en la existencia; y desde ahí erigir un alma grande, un sentimiento de poder, una apuesta por la vida. Es ALBERT CAMUS quien mejor lo ha expresado; en El mito de Sísifo. Cuando yo era joven, no comprendí que dijera al final: Hay que imaginarse a Sísifo dichoso… Hoy sí. Añadiré que celebrar la vida es una obligación (heroica).

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