LIBERTAD O NATILLAS

22:::Enero:::2008

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Comí el otro día en casa de mi señora madre. Al acabar el plato (que ella pretendió llenar de nuevo frente a mi numantina resistencia con resonancias, ay, de mi adolescencia), me espeta entre indolente e ingenua ¿qué quieres de postre, fruta o natillas? ¡Natillas! ¿Pero qué clase de libertad puede tener un hombre cabal que se viste por los pies ante una tesitura así? ¿Es que puede un hombre humano o habilitado optar por otra cosa que no sean unas natillas con su canela y su temblona danza, tan igualita a fémina teti? No hay libertad. Que no. El libre albedrío es una quimera, como supieron y después dicho tantos sesudos próceres de la Gaia Humanitud. Y los que aún sostienen, oh criaturillas sin estudios superiores (o un miserable máster que llevarse a las meninges), que somos seres de volición incondicionada, o poco, es que no han probado las natillas de mi augusta progenitora. Qué va. Sabrían entonces que no son libres, pero se comerían una delicia sin parangón en los fogones.

Mas no contenta con arruinar mis últimos bastiones libertarios, mi mamá me mima se me descuelga por la mesa con unas natillas, en efecto, y… ¡un arroz con leche! ¡La madre que la parió, que fue mi abuela! Y me lo suelta allí en la mesa, sin decir esta boca es mía. Arruinadas, cautivas y dispersas, como digo, mis convicciones filosóficas más íntimas, me solté las cinchas y arreos y empecé por las susodichas; a mitad de las mismas, pillo el arroz con leche con fervor guloso y le tiro encima la mitad que me quedaba por comer de las aquéllas bailonas, hago un revuelto y me endiño el condumio resultante con una cara de gili que ni el Ramón García con la mano de la Grulla Obregón, tontín, tolón, tocándole las campanadas bajo su capa española. Como lo cuento, chaveas, éticamente un amasijo moral, un derrelicto entre los hielos, un desecho de suburbio; pero con una andorga austrohúngara imperial. Y un café.