NAVIDAD EN LHASA
25:::Diciembre:::2008
El monje acomodó su figura en la esterilla.
Afuera el vendaval desplegaba sus crines y las peinaba sobre los altos muros de Potala. El sándalo regalaba la estancia con su blando aroma.
Estaba solo, y así debía ser.
La pasada primavera trajo en su regazo un resto de luna, y lo había descolgado sobre su nuca. Fue como un beso. La memoria se hizo difícil, los recuerdos no tanto. La imagen de su madre lavando la ropa se acopló a su pecho, para después derramarse en un caleidoscopio infantil de juegos de patio y té caliente.
Sintió, sin propósito, que el momento llegaba y ya era tiempo.
Estaba en paz.
Volcó sus ojos sobre sí.
Ningún deseo, ninguna esperanza, ningún reproche.
Lejos de allí, seres de otro mundo compartían la mesa y celebraban un antiguo nacimiento. En el vientre de los arsenales el hierro difería su calor a la tregua del acebo. Lo sabía, y se diluyó en una cierta calma.
Brindó por aquel niño, apuró la copa.
Un hombre, se dijo serenamente, debe compostura a la vida incluso en su hora postrera.
Y entonces el silencio. Y la nieve.
© Six Roy
