El soldado.
Qué sed horrible (…)/ Tendido estoy y sólo veo estrellas./ El agujero de mi pecho alienta/ Como brutal error (…)/Siento (…) Y la postrer palabra sea: Sentí (…)
El brujo.
La guerra fue porque está siendo. Yerran/ los que la nombran. Nada valen y son sólo palabras/ las que te arrastran (…) humo estallado/(…) No, no hay vida
Vicente Aleixandre. “Sonido de la guerra” en “Diálogos del conocimiento”.
la pasajera:
miedo es lo que tienes, al sólo amor: perecerás en tu propia desazón
el ángel desertor:
no tengo miedo a enamorarme
lo que tengo es miedo a enamorarme absolutamente, y miedo a no enamorarme absolutamente
el pescador de esponjas:
¿qué juego falaz es éste?: gira y desciende; sobre todo, mesura el verbo,
o tu soberbia desmentirá esa escritura en la que habitas
el ángel desertor:
porque si absolutamente, te haría descender a los infiernos de mi alma
y te exigiría en cada luna, boca a boca, mi ración de seda y sangre, ser el cruel guardián de tus sueños, el herrumbroso cancel donde te alambraría, una áurea prisión, la más terrible; más que entrega, adoración: querría esto
enloquecerías, y yo contigo
el pescador de esponjas:
demasiadas fintas, poeta, yo acuerdo en ella; es miedo cerval: déjala, y vuelve a tu incomprensible abismo
el poeta deshauciado:
y ya profeso la dudosa dicha de hablar a solas, y los ruidos de la casa, fumar solo, beber, son los ritos que me empujan a los andenes del amanecer, cuando el frío es lo menos frío y la desesperanza acaba por ungir mis ojos con sueño al fin
el ángel desertor:
porque si no absolutamente, la vida, esta insaciable sed que no comprendo, que nadie, me arrebataría de tus brazos y arrojaría mi lucífero sexo a los espeluznantes bajíos de la noche, a la arrastrada mendicidad del deseo en los más obscuros lupanares de los puertos, a una segura derrota sin esquinas
a una bala enamorada de mi boca
la pasajera:
ángel mío yo te amé, acaso aún: pero desertas de cuanto nutres con tus ojos
un joven ebrio:
si asedio los flancos de la noche y me avengo a su dictado, si desnudo el corazón, la entraña, el verso, tanta desnudez que duele
si revelo los arcanos signos del espejo, giro, arengo, indago los anhelos de mi boca, desdeño los cuidados
si artillo mis ojos con cilicios de llanto, busco y desespero, acaricio mi sexo enardecido y vadeo los pechos del alba, los cierro sobre mí en desigual litigio, febril, avaricioso, bruto, los despedazo
hasta el improbable fin de mi deseo
el ángel desertor:
y ser el ángel que extermina cuanto enamora: enloquecerías, y yo contigo
zhora desencarnada:
no lo sabréis nunca, pobres idiotas, pero representáis para el deleite de los dioses, esas facilidades icónicas de las pasiones humanas: os cabe, si acaso, una cierta coautoría en vuestras vidas, ¿a qué tanta seriedad?
una huérfana de nombre:
el amor no es una herida limpia, y sufre quien lo ignora: bien lo sé;
su inesperada desnudez consume sin fuego, inquieta sajadura fluye en
la quietud de su cristal, crac, cristal
el ángel desertor:
no tengo miedo a enamorarme, amor, ya lo estoy, lo estuve siempre: lo que tengo es miedo a estar preso de tus labios, miedo a que mi corazón entonces, estas manos, mis ojos negasen por tres veces ser los míos, y a que esta insaciada vida, hambrienta y brutal, derramase la esfera de sus pechos sobre mi pecho y me reclamase la totalidad de las horas, la entera lluvia de mis entrañas, la verdadera luz perlada en la que fluyo
el pescador de esponjas:
toda palabra es un señuelo, todo poema un manifiesto maligno
la novia del viento:
el mundo es eco del silencio, el fragor de la tormenta no rasga la tela,
el rugido, o la marea, el alcor que se desploma bajo la lluvia, la hembra que
se rompe en nueve cachorros de luz y brama de dolor, urden la quietud
sólo el hombre, que sabe callar, habla
un viajero:
en este lento atardecer me adentro, silencioso, en el añorado jardín de la casa de mis padres: vuelvo al fin de un largo viaje, casi de noche, cuando ya la luna
el ángel desertor:
enloquecería, y tú conmigo
.
“¿Y a qué más si un clamor de sueños/ entreteje el estado de las cosas?”.
Carlos Montenegro. Del poema “Defensa de la deserción obscura”,
en el libro “Una lluvia interior” (1992).
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