CrisCrac
31:::Diciembre:::2008
“Qué cansancio, éste de mirarse adentro”.
Luif. Del poema “Defensa de la deserción obscura” (1990).
Del libro Una lluvia interior.

CRISCRACTAL BLOG AK’47 PARA DESERTORES.
“Y al fin reina el silencio”.
Gabriel Celaya. Del poema “Epílogo”.
Del libro Buenos días, buenas noches (1976).
Querría morir
7:::Julio:::2008
…, de tener alguna prisa, que no, de querer, qué va, frente a un pelotón de fusilamiento, al amanecer de un Lunes en que cumpliese, por ejemplo, los fiftycuenta años y un día, en el patio de un penal extranjero, solo.
Mi último deseo, este menú: un plato de jamón ibérico, ñam, otro con un buen aceite de arbequinas para mojar un pan reciente, chof, y un reserva de Viña Pomal, glup; un par de tomates rojos en rodajas, algunas hojas de albahaca fresca y una sal de calidad, Maldon o esa gris inglesa o rosa de no sé qué lugar de Asia. Un generoso surtido de sushi y sashimi con un Albariño fresco, glup, glup. Un solomillo de ternera al punto y un Vega Sicilia, glup, glup, glup… De postre, unas natillas o dos, un arroz con leche, unas cerezas del Jerte y una copa de vino blanco de uva Gewürztraminer, reeegluppsss… Me tomaría un buen café, ssshhurrup, cortado con un poco de nata. Querría una botella de un excelente single malt scotch, y otra de la mejor ginebra inglesa…, Asturiaaasshh, badria gueridaaaa… Hielo. Unos paquetes de Marlboro (fumar puede matar, ja, ja, ja…, ay, goño, gue se me ssshaalen las henniasss), y unas cerillas de palo largo.
Antes de la ejecución echaría unas manos de strip poker con alguna bibliotecaria de guardia (haría trampas y la echaría los tejos, of course), y después conversaría unos minutos con los hijos pequeños de mis ejecutores: les preguntaría por su escuela, por lo que quieren ser de mayores, si tienen bici, balón de fútbol (¿Por qué seré del Aleti? ¡Aúpa Aleti!) o casitas de muñecas…, dibujaríamos animales, monstruos y cosas con lápices y pinturillas alpino…, besaría sus blancas manitas al despedirme de ellos, muá, muá…
Al paredón iría vestido de lino crudo, pantalones anchos sin cinturón y cordoncillo de ceñir, una camisa abierta hasta el segundo botón, una chaqueta suelta y cómoda con las arrugas justas del buen tejido, el pelo mojado, oliendo a lavanda, descalzo y un peta mariano en los labios…
En el bolsillo llevaría, doblada la cuartilla, un poema de Serguei Esenin, ése que escribió con su propia sangre a la Vida…
“Hasta luego, querida, hasta luego.
Dulce mía, querida, te llevo en el corazón.
Esta inaplazable despedida
nos promete un encuentro futuro.
Hasta luego, amiga, sin gestos ni palabras;
no te aflijas, no frunzas las cejas.
En esta vida no es nuevo morir,
tampoco lo es vivir .”
Susurraría por lo bajini…, esto que digo: “bienaventuradas las inocentes criaturas de entendimiento roto, porque de haberlo el reino de los cielos habría de ser enteramente suyo por toda la eternidad”.
Unos minutos antes de mi muerte enviaría esta cosa post a las ujieres culonas de las cortes… Rechazaría, por presupuesto, la venda en los ojos…, porque frente a ellos aún brillarían la Luna y Venus; sonaría la melancólica “canción mixteca” de Ry Cooder; cualquier corte del Abraxas de Santana y algo canalla sin concretar…
A mis pies una phalaenopsis para recoger el último aliento y dos goticas, plop, plop, de mi sangre. Y pulsaría, clac, aceptar, o send, o enter o enviar, yo qué sé, algo…
¡Apunten! ¡Fuego! Ciao, querida Especie…, te vayan dando (mayormente).
… y la lluvia.
31:::Mayo:::2008
Hay días en los que la Belleza nos pertenece enteramente,
a nosotros, días en los que desnuda sus pechos sólo para nuestra sed,
porque se sabe infinita aunque no alcance a comprendernos,
porque estamos solos entre los que bailan solos
y deambulan con la mirada en una nube y sin lucidez en ella,
y giran como lo que siempre fueron,
muertos de paso…,
son días en los que la Vida ama cualquier cosa nuestra,
porque nos hizo hijos suyos, y nos deja ir, maternal y compasiva,
pues es ella quien ha puesto en nosotros este insaciable deseo
de carne, épica, canto y destrucción.
Hay días de color azul que huelen a pan y a trenes de otro tiempo,
días casi tan hermosos como la sonrisa de aquella niña Down,
bonita como un cielo…, días de lluvia que nos acercan al corazón
la poesía de Celan y Seifert, o de Holan, esos poetas rumano y checos,
o esa mirada…, ésa de Nicole Kidman que nos suplica, sí…, a nosotros,
una larga y lenta tarde de amor al pie de un abedul…,
por decir un árbol con clase, y la dejamos hacer lo que ella quiera,
a Nicole, por esta elegancia nuestra y este saber estar que tenemos,
nosotros los insurrectos, los desertores…, y porque amamos la Vida,
porque la amamos tanto que nos jugamos la nuestra para ganar
un poco de desierto apenas, porque somos escorpiones de desierto,
amables y metálicos, nosotros, insumisos monstruos de abismo
que devoran alas calientes de ángel y chucherías de a céntimo,
fieras lobo en las simas de una luna de la que somos
hueso, sangre, soplo y fulgor…
y nos sabemos así, tan de otro lugar, tan altos, limpios e inocentes
como nadie podría alcanzar a serlo ni a soñarlo,
tan ajenos a la furia y al veneno, al mercado, a la fealdad,
al resentimiento viejo, al calor de la tribu, a la simpleza,
al emputecimiento del propio cuerpo en manos de la Especie,
a los presbíteros mendaces, a las gallinas y su cloqueo,
a las religiones que hacen enfermar…,
nos sabemos tan inmortales, puros, héroes y bellos
que nos da la risa (floja, claro, cómo iba a ser de otro modo),
risa de ser tan soberbios, tan niños, fatuos y tontos…, tan de trapo.
Y para seguir siéndolo volvemos a Nietzsche y a las canciones,
a Sade y a Bukowski, a los poetas, o nos pegamos fuego
con un buen single malt scotch y unos marlboro,
tirados en una cama sin mujer…
Porque una mierda es lo que nos importa casi todo y todos.
Queremos a nuestros amigos y amamos a nuestras amigas, oh sí,
y para los enemigos que no se atreven a ser rivales nuestros
queremos cadalso o vil garrote al amanecer y fiesta alegre,
qué brutos somos, sí, pero añoramos con lágrimas inconsolables
a los camaradas que cayeron en combate por ser los más valientes,
a los sátiros rijosos que salvaguardan el sueño de los creadores,
de las desconocidas que nos requiebran, de los poetas deshauciados
entre los que somos el más descoyuntado, necio y exangüe de todos,
amamos a nuestros hijos e hijas…, ¿pero a qué…, este precio?
¿A qué esta soledad sicaria? ¿A qué tanto dolor?
Hay días en los que el mejor poema es una eyaculación.
Y días en los que una sonrisa, una sola, cauteriza nuestras heridas
como sólo una mujer enamorada sabe hacerlo. Y los hay que nos traen
el beso de Klimt con sabor a flan, y la tentación de llevar al rojo
la bocacha negra de un fusil de asalto, días en los que Modigliani
ha dibujado en una fase rem sus modelos desnudas para nosotros
y nos hacen con la mano así…, ellas, y sueños en los que besamos
la boca más bella jamás urdida, Jane Birkin,
mientras llevamos nuestras manos temblorosas y lascivas
a sus pechos casi inexistentes, nada casi y tan dulces,
donde de ser habitarían los dioses…
Y días en que un no poema, como éste, arde y se derrama.
E infaustas noches hay en que las horas supuran un insomnio amarillo
y anhelamos el alba con el infante desamparo
que da el sabernos hermanos de Roy Batty, y morimos con él,
porque nosotros hemos muerto siempre en primera línea,
siempre en los lindes, siempre andrajosos, golpeados, entregados,
traicionados…, siempre lobos, y apeteciendo en nuestra lenta agonía
una buena ensalada con limón y hierbabuena
mientras suena el preludio al acto primero de Lohengrin…,
o algo turbio de Deep Purple…
hay días…, los hay, en los que sólo tu piel existe,
tu sonrisa sólo, tus manos y tu boca, tu sexo, tus pechos,
tus muslos rotundos y tus caderas necesarias que abarcan
el Universo entero porque son el Universo,
tus lamentos, tu llanto, los gemidos que yo me sé,
tu desnudez carnal y descarnada, tu sueño virgen, tu deseo,
tus ocultaciones, otra vez las frutas rojas de tu boca
y esta perdida locura humana en que consisto…
Hay días en los que sólo la Belleza existe. Y la lluvia.
Y noches, ésta, en las que son la Vida y el Silencio
quienes dictan este no poema inacabado que decimos nuestro,
nos drenan el Alma con infusión de besos, enardecen nuestra sed,
dictan los arcanos de nuestro nombre, nos dicen adiós, adiós…,
dibujan una lágrima tras otra en nuestros ojos efímeros,
y apagan la luz… de ellos.







