El protagonista de la película Cielo sobre Berlín es un ángel a quien
no satisface su desencarnada existencia. Quiere ser, y lo consigue, un hombre. Sólo un hombre. Le sorprende el frío, una pequeña herida
que sangra, y el amor.

Carlos Montenegro era soldador en una acería alemana. Una vez amó a una mujer, fue un match glorioso.

Comprendió a aquel ángel que quiso dejar de serlo.

Si Zeus castigó a Prometeo fue por envidia del poder humano de sentir. Nada en ningún Olimpo puede igualarse a esa plenitud.

El poeta Enrique Badosa anota este verso: “Quien no se siente ser si no
es con otros, necesita también carne de muchos para sentir su carne”. Los poetas yerran a veces, como en este caso. No se siente uno a sí mismo si no es en los otros; no hay otra inmortalidad, hondura ni infinitud que la que se bebe de unos labios.

Carlos Montenegro supo de la Vida un atardecer, una sola vez, no necesitó más.

Jaroslav Seifert, en el poema que intitula “Tan sólo una vez”, dice que el paraíso quizás no sea otra cosa que “una sonrisa mucho tiempo esperada y una boca que susurre nuestro nombre”.

“La carne me ha enseñado el más hondo saber”, recita Félix Grande. Y también que una mujer es “el único lugar adonde ir”, porque “sin mujer en las manos lo mejor es morir”.

http://www.youtube.com/watch?v=rV3AcmDkF3g

… dedicado a Fer, que mutatis mutandis canta a su manera
© Six Roy

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