“¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?”
Vicente Huidobro. Canto I, Altazor.
Llamo sensibilidad poética a una forma extrema de sentir la Vida.
No diré reflexionar, no sería exacto. Aunque sentirla, claro está, incorpore el pensamiento.
Digo sentir porque esta forma de conciencia es el quantum originario.
Luego viene la demora en el análisis, el hemisferio izquierdo del cerebro a toda máquina.
Digo extrema porque de no serlo, no sería poética. Y es debida a un labilísimo animismo de la piel: vibra ante el menor movimiento. Y la hace, pues, vulnerable a todo hecho, emoción, acaecer.
A diferencia de otras formas de conciencia, los umbrales de este tipo
de sensibilidad son muy bajos. Así, casi todo cuanto acontece fragiliza, afecta, deja huella, hiere o eleva.
Esta altísima capacidad de afección define la sensibilidad poética.
No he dicho, ya se habrá observado, que esta particular sensibilidad
sea una forma de escriturar la Vida. Lo he omitido con intención. Escribir poesía es una forma, entre otras, de esa sensibilidad.
El poeta es una desgarradura angélica y demoníaca. Una monstruosidad. Nunca resulta de una opción. Es un destino.
Yo no deseo esta forma de sentir ni a mi peor enemigo.
© CrisC
![espejo1[1]](http://criscractal.files.wordpress.com/2009/12/espejo11.jpg?w=480)
4:::diciembre:::2011 at ''22:45''
Sin desánimo confieso que dudo mucho que mis, todavía escasas, experiencias estén a la altura de ese sentimiento. Pero si algo sé, es que no me ha hecho falta volver a a leer el texto ni una, ni dos, ni tres veces más para saber a lo que te refieres. Y es cierto, a veces llega a ser algo odioso, sin embargo, está muy cerca de exprimirle todo el jugo a esto, lo que llamamos vida.