TAXI DRIVER

27:::febrero:::2008

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Recién acabo de llegar a casa, del Banco. Me ha atendido María (pongamos), a la que no veía en los últimos meses, quince, en los que ha gestado, dado a luz y criado su segunda criatura. María es una mujer amable, diligente y dulce de trato. Al terminar mis consultas le he pedido que diera de mi parte un besito a su infante.

Al salir iba pensando en el porqué he deseado ese gesto tierno para su bebé. Yo no sé nada de María que no se refiera a su trabajo, nada de su otra hija y familia. ¿Por qué le pido un besito para su chinorri (es niño), si son personas que apenas o no conozco? Se lo he deseado de verdad, no sólo por cortesía; a estas alturas de la vida uno ya sabe estas cosas de sí.

Y venía pensando después, mientras conducía, en que el ser humano no está hecho para el artificio, para el trato anónimo, para la vida alrededor de personas desconocidas. Recuerdo mi niñez madrizleña cuando con cualesquiera miembros de mi familia iba en taxi; invariablemente, un miembro adulto de la grey se sentaba siempre al lado del conductor. Era impensable no hacerlo así, y se le daba conversación. Era un modo de descargar aquella situación de su artificiosidad, un modo de hacer al taxista parte por unos instantes de la familia. Y lo mismo con un fontanero que venía a casa, unos pintores de brocha o con el vecino de viaje en aquellos largos lentos trenes expresos Valencia-Madrid (diez horas).

No sé si de entonces, pero aún hoy guardo una reverencia cordial (visceral, de serie) por cualquier persona que realiza un trabajo del que me beneficio; y tiendo al respeto naturalmente o a la gratitud desde las fibras de mi corazón o, cuando menos, desde una cortesía no impostada. Qué más da si media una transacción, esa persona ha empleado horas, días, años tal vez para prestarme después su tiempo y su saber hacer.

Sospechaba, cuando he aparcado el coche que no mis pensares, que no tengo hechuras para asumir la abstracción que supone el intercambio comercial y sus corolarios (el puercazo de Calvino me hubiera hecho a la parrilla con manteca y sin provenzales); y no sé tratar con personas como entes de servicio sin incluir en el trato un quantum de familiaridad (de la que, a veces, me arrepiento). Leí hace años que el psiquismo humano no puede integrar en su mundo más allá de ciento cincuenta o doscientas personas. Esto significaría que somos esencialmente tribales. Quizás esto explica algunas componentes de las guerras, los nacionalismos y otras bajezas humanas…, y la etiología personal de lo que trato de decir.

Después, la vida me ha mostrado su hórrido careto tantas veces que olvido que fui aquel crío de los taxis que envidiaba a mi tío Santiago o a mi padre al lado del conductor. Y abomino de mi Especie. El adulto que soy se oculta hoy tras un periódico en el asiento de atrás.

Si he manifestado mi afecto a María y a su bebé será, pues, por ese trasfondo clánico y ancestral que nos constituye a todos. O eso, o soy un gilipollas sentimental (los improbables visitantes de esta cosa-blog se abstendrán de pronunciarse en favor del segundo término de la disyunción si no quieren que les parta las piernas y les meta los muñones en sal gorda).

SixRoy

6 Responses to “TAXI DRIVER”

  1. Mara. Says:

    Pues a mí me encanta esa sonrisa a lo Clark Gable. Qué suerte la de María.
    PD: Mis muñones darían para poco, no vale la pena 🙂

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  2. CrisCrac Says:

    ¿El Clark Gable no era un poco orejón? Sí, María tiene suerte de ser como es. Y no penes, Marabruj, que tus muñones quedarían estupendos a la sal. ¡Ay, si los pillará el Ferrán Adriá! ¡O el Arguiñano! ¡Muñones de Mara, ricos, ricos (con perejil)!

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  3. Mara. Says:

    Sí, le dijeron que con esas orejas jamás sería actor, pero, ya ves, a veces las palabras se las lleva el viento y sólo la sonrisa permanece. Por lo demás, ¿que tal muñones con orejones?, dulce, dulce.

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  4. enrike Says:

    No por favor con mostaza…francesa…

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  5. CrisCrac Says:

    Vale, primo, con mostaza gala (pero de la que pique más)… Lo dejo en tus manos.

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  6. Mara. Says:

    Pero que ingenua soy y tú que sabio. Yo también lo dejo en sus manos, por supuesto.

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