BAB’ AZIZ, EL SABIO SUFÍ.

30:::marzo:::2008

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Es un bello film, como bello y sereno el desierto en que transcurre. No hace tesis del sufismo. Ni de la religión islámica. La niña es un encanto de bonita que es; el viejo sufí, otro. Hay un rostro de mujer (BORGES escribió “un rostro que no quiere que lo recuerde”, pero yo lo recuerdo) que se destapa unos segundos…, y es de una belleza que hace desear volver a ver la película sólo por acampar un poco más en la noche de sus ojos… Por unos ojos así yo me hacía la yihad, el jarakiri, les useres y las ingles con cera comprada en Lídel…

El director dice que ha querido “limpiar la cara del Islam” con su película, y hacer ver que está lleno “de amor y sabiduría”. Si pretendía eso, ya podía haber aprovechado la ocasión para hacer aparecer a las mujeres no como niña, bailarina, tapada de negro o de ambigua joven que no protagoniza la historia. Quizás el Islam, y su Corán fundante, nunca haga posible su presencia; y si lo hace, como en Occidente, será poniendo en cuestión, en primer lugar, los textos sagrados y a la turbias catervas sacerdotales que se amparan en lo más negro de la condición humana…, esas mismas castas malvadas, mendaces y crueles que aquí en España el bobazo de Zapatero y sus pepiños y maridelasvegas no se atreven ni a toser (sí, lo digo aprovechando que el pisuerga pasa por valladoliz; qué falta de huevos y convicción de los sociatas ante esos fanáticos demoniacos)…

Como en otras películas de este mundo cultural islámico, las narraciones orales cruzan internamente su despliegue; y no lo hacen accidentalmente, al contrario, en este mundo los relatos forman parte substancial de la vida. En el film aparecen como leyenda (la que el abuelo cuenta a su nieta, sorpresa…); como narración onírica, fantasía o deseo; como relato real…, da lo mismo, pero siempre presente esa magia de lo que se cuenta y que parece satisfacer una profunda necesidad de la naturaleza humana: la de interpretarse a sí misma y al mundo a través de la proyección de nuestra alma en el teatro del mundo en forma de literaturas… VARGAS LLOSA y OCTAVIO PAZ nos iluminan en esto.

Me dí cuenta al final de la peli, mientras oía una canción que acompañaba a los títulos de crédito, que la música es bella de cojones, bellísima, la de la peli y la música en sí; y que es de este mundo porque no hay otro del que pueda ser. Y que el cine sin música no es cine, o es menos cine. Y que lo que hace que el cine sea sonoro, y no mudo, no son los diálogos sino la música… Es la música.

Decía ALBERT CAMUS en no sé dónde que el problema filosófico por excelencia era el del suicidio, esto es, juzgar por qué vale la pena vivir. Algunas canciones, algunos versos, algunos momentos eróticos y algunas almas ingenuas y adorables que salvan a un hombre y con ello al mundo entero…, hacen que la vida merezca una oportunidad. Me parece.

SixRoy

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En el siglo XVII la revolución científica tiene uno de sus pilares en la aplicación de las matemáticas al estudio de la Naturaleza; algo que los griegos ilustrados no habían querido pensar, quizás por su amor al saber puro y su aristocrático desdén por lo aplicado, aun cuando su geometría parece deberle mucho a los muy prácticos egipcios que intentaban controlar las crecidas del Nilo.

La Naturaleza, sentenció poéticamente Galileo, estaba escrita en lenguaje matemático. Este lenguaje se compone de entes de todos conocidos: el punto, la línea, las figuras geométricas, los números y toda clase de signos. Como tales entes, carecen de realidad empírica (no son reales en cuanto a su tangibilidad, no son entes físicos); son, pues, abstracciones puras que no se corresponden con cosa alguna en el mundo físico. Si miramos a nuestro alrededor hay, desde luego, árboles, mesas, sandías, caballos o edificios…, pongamos que hay 3 árboles, 6 mesas, 1 sandía, 4 caballos y 23 edificios; pero si bien hay estas cantidades de objetos empíricos, no hay nada que se corresponda con el número 6 como tal, o con el 23 en sí: hay 6 mesas y 23 edificios, pero no hay ‘6’ puro, ni ‘23’ puro. Son entes ideales, abstractos, puras formas. Pensemos que el ente ‘6’, o el ente ‘23’, designan de igual modo mesas, nubes, días o bostezos. Los árboles tienen forma cilíndrica; las sandías, esférica; los edificios, prismas de base cuadrada y las mesas tienen forma rectangular…, pero nada hay que sea, empíricamente, el punto en sí, la línea en sí, la rectangularidad o la esfericidad. La gran paradoja, hermosa por otra parte, es que esos entes matemáticos, que no existen en el mundo físico (son puros: sin realidad empírica), hacen posible que conozcamos el mundo, penetremos los secretos de la Naturaleza y usemos (a veces, abusemos) este conocimiento para nuestra supervivencia y bienestar.

Exactamente igual ocurre con las palabras. Las usamos para comunicarnos, para pensar, para organizar nuestra cosmovisión y nuestra vida…, pero no hay referente alguno de palabra alguna en el mundo físico. Digo ‘caballo’, y sí, hay caballos blancos, negros, gordos, flacos, de carreras, de tiro, de rodeo o los azules ésos que pinto el ruso loco ése (o alemán)…, ¿pero dónde está el referente empírico del vocablo ‘caballo’ que yo uso indistintamente para nombrar a unos y otros? No lo hay. La palabra ‘caballo’ es un ente ideal, abstracto, no empírico, con el que designo toda la variedad de caballos del mundo. Fijémonos en lo mismo con el vocablo ‘perro’, y veamos después que lo usamos para designar lo mismo a un chihuahua que a un gran danés…, o a Pancho. Lo hermoso paradójico es que con ese ente ideal e intangible que es toda palabra sustantiva, categorizamos la realidad y nos comunicamos realmente. De no haber entes genéricos, palabras, carentes de existencia empírica, intangibles, abstractos e ideales, nos veríamos obligados a disponer un nombre y uno sólo para cada objeto del mundo, y más, un nombre distinto para cada objeto del mundo en cada uno de sus estados incesantemente cambiantes; así, un nombre para un perro que a las 20’23 horas ladra durante tres segundos mirando hacia el sol; otro nombre, distinto, para toda esa misma secuencia pero 1 segundo después; y otro para eso mismo pero en el instante en que mueve 0’234 pulgadas su oreja derecha hacia la izquierda y asoma en ella… una pulga.

En este absurdo infernal vive Funes. Su prodigiosa y descomunal memoria le permite usar una cantidad casi infinita de palabras para designar todos y absolutamente todos los objetos de su percepción en todos sus estados posibles. Funes no usa términos genéricos como ‘caballo’, ‘árbol’ o ‘49’…, no usa números para designar cantidades, porque estos entes abstractos no le sirven para singularizar cada objeto del Universo en todos sus estados posibles e infinitas variaciones. El muchacho es capaz de recordar y nombrar con sobrecogedora exactitud todos los instantes posibles de las “aborrascadas crines de un potro (o las) muchas caras de un muerto en un largo velorio”. Funes es el antiplatónico paradigmático. Platón y su Teoría de las Ideas son el intento de hacer posible el conocimiento del mundo, de lo real y aun la estricta comunicación humana, precisamente desde la categorización y uso de entidades genéricas como son los objetos matemáticos y los objetos del lenguaje (números, palabras)…

Por eso, Borges dice que Funes “era incapaz de ideas generales, platónicas”, y aún más, pues aunque domina varios idiomas, no es “muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Pensamos lo concreto con lo inconcreto, lo tangible con lo intangible, lo físico con lo mental, las cosas con palabras. Vivir es paradójico. Vivir es el sentido de la vida.

He de insistir en la belleza que se da en esta paradoja anclada más allá de la naturaleza humana, pues usamos entes ideales para referir cosas cotidianas. Y no puede ser de otro modo. Nada hay más tangible y físico que una bofetada, un beso modalidad tornillo, un viaje al espacio, un plato de papas arrugás, un helado de té verde, un martillazo en un dedo…, pero categorizamos todo eso, todo, con entes sublimes sin referente empírico alguno. Nos hacemos cargo de lo que existe desde lo que no existe. ¿No es estupefaciente, nengs?

Pobre Funes… Me conmueve el hecho de que Borges, cuando va a verlo, siente “el implacable temor de multiplicar sus ademanes inútiles”, sus gestos, sus palabras, porque todo ello habrá de perdurar en su “implacable memoria”, agitándolo, dañándolo, sumando derivas a su caída. Me quedo con ese Borges aquietado que teme una gota de sudor, el temblor de su mano, una tos, una dilatación en la imposible pupila de sus ojos agrisados, casi muertos, abstractos…, acaso inexistentes.

Pero hay algo que el maestro ha eludido en su relato. Quizás por no hacer ver que Funes es un ser trágico, absurdo y contradictorio. Si, como parece, todo fluye, Funes no podría designar nada sin caer en contradicción o, sin más, nombraría cosas inexistentes. Desde el momento en que abriese la boca para decir, o sólo pensar, por ejemplo, ‘la marea sueña ser cárdeno alcor’ y designar con esta locución a un caballo concreto que a una hora concreta cruza la calle de Corrientes hacia el Sur, estaría nombrando a un ente inexistente que pertenece al pasado, pues en la mitad del pensamiento o frase, ese caballo ya sería otro caballo, y debería, según su lógica terrible, tener otro nombre. Y cuando quisiese nombrar, de nuevo, a ese nuevo caballo…, en mitad de la frase, en mitad del pensamiento, ese caballo, una vez más, ya no sería el mismo que empezó a ser designado, y cuando quisiese… Bueno, esto creo.

Como los malhadados prisioneros de la caverna platónica, Funes también lo es: “Dos veces lo ví atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero”. Como aquéllos, Funes vive “a oscuras”. Aunque él está muy lejos de hallarse desdichado, pues la caída le hizo dejar de ser lo que fue durante diecinueve años: “un ciego, un sordo (…), un desmemoriado”. Consideraba, así tullido en su húmedo lecho, que antes “había vivido como quien sueña”. Así viven, dice Platón, los prisioneros de la caverna.

¿Quién tan soberbio que se diera a la ligereza de la compasión?

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ISAÍAS CARRASCO

9:::marzo:::2008

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Hoy no pensaba votar, como tantísimas otras veces. No presumo de ello, sólo certifico el hecho. Ayer, durante buena parte del día, unos versos de Leonard Cohen me iban silbando su canción: “hay muchas formas de traicionar a la revolución, ésta es la mía”. A mí me la bufan la revolución y los revolucionarios; y me cisco en la casi totalidad de mi Especie, así que me dejaba ir por las horas del día, como un desvencijado derrelicto al que las olas arriman su sal y su desdén. Hacia la noche hurté al destino unos instantes de felicidad. He dormido bien, poco; he desayunado bien, mucho. Y no pensaba votar. He salido a comprar el periódico. En la portada, SANDRA CARRASCO declaraba: “Quien quiera solidarizarse con mi padre, que vote”. Y he ido al colegio electoral, Distrito 04, Sección 031, Mesa U. Me he encontrado allí a un ex-camarada de la izquierda comunista, aquélla que se reclamó antiestalinista, antitotalitaria, ligada sentimentalmente al POUM, a Andrés Nin, a Rosa Luxemburgo y a la Vida. Mi antiguo camarada empujaba un carrito de ruedas en el que, sobres en mano, su tía de 102 años quería votar. Ha votado. Y yo.

HEINRICH HEINE I.

7:::marzo:::2008

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Soy la espada, soy la llama.

Os he iluminado en la obscuridad, y al iniciarse la batalla yo combatí en primera línea.

A mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos, pero hemos vencido.
Hemos vencido, pero a mi alrededor yacen los cadáveres de mis amigos.

(…)

Pero no nos queda tiempo ni para la alegría ni para el duelo. De nuevo suenan las trompetas y es preciso luchar, de nuevo…

Soy la espada, soy la llama.

HEINRICH HEINE

HEINRICH HEINE II.

7:::marzo:::2008

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Tengo la disposición más apacible que se pueda imaginar.

Mis deseos son: una modesta choza, un techo de paja; pero buena cama, buena mesa, manteca y leche bien frescas, unas flores ante la ventana, algunos árboles hermosos ante la puerta,

y si el buen Dios quiere hacerme completamente feliz,
me concederá la alegría de ver colgados de estos árboles
a unos seis o siete de mis enemigos.

Con el corazón enternecido les perdonaré antes de su muerte
todas las iniquidades que me hicieron sufrir en vida. Es cierto: se debe perdonar a los enemigos, pero no antes de su ejecución.

HEINRICH HEINE

Citado por Sigmund Freud en
El malestar de la Cultura