FICCIONES

26:::marzo:::2010

Los teóricos de la Información llaman a su exceso ruido.

Como si fuesen un hilo musical estamos de continuo impregnados por ficciones. Leemos novelas, relatos, vemos cine, teatro, oímos canciones. Ruido.

Todo ese caudal narrativo alza frente a nosotros una realidad virtual en la que sus protagonistas sonríen, lloran, conquistan, viajan, padecen, sueñan y aman…

Y sus periplos vitales inyectan en nuestros sistemas nerviosos, devenidos evolutivamente del pitecantropus, un pelotazo de adrenalina y otros brebajes endocrinos que nos permiten, por delegación, sentirnos los héroes de la escena en este calderoniano sueño vivo.

Y aun cuando la representación de sus vidas sea naturalista, incluso dramática, esas vidas aparecen transfiguradas por la magia del relato y las absorbemos inadvertidamente, de tal modo que aparecen con una intensidad vital lejana a lo prosaico de las nuestras.

Así que después de esas lecturas, audiciones o miradas tenemos que volver a nuestra vida cotidiana…, que muy raramente tiene glamour o bien, cuando éste irrumpe como un fogonazo, desaparece pronto.

No es improbable que ese palimpsesto de ficciones desfigure la auténtica realidad e impida una construcción serena y profunda de nuestra vida.

La matriz causal de la galopante infelicidad en las sociedades urbanas, del descomunal gasto sanitario en antidepresivos, ansiolíticos y otras químicas dormitivas es el salvaje hiato entre la realidad y el deseo que las falaces narrativas han vomitado en nuestra alma.

Quizás Platón cuando desconfió de los poetas y Cervantes con la locura de Alonso Quijano quisieron avisarnos del peligro.

Toda literatura, arte, cinematografía, toda representación imaginable debería ser entregada al fuego…, arder en el esplendente 451 de la escala de Gabriel Fahrenheit.

“no leas odas, hijo mío: lee horarios de trenes”
hans magnus enzensberger

© Hanníbal Léctor

ME ENAMORÉ DE MI MAESTRA

19:::marzo:::2010

“… y ahora que el poema expira/ te digo como un niño, ven/ he construido
una diadema/ (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)”.

Leopoldo María Panero

Debía de tener yo seis años cuando me enamoré por primera vez.

De mi maestra. No fue mi primera mujer, pues yo ya tenía una amiga
con la que jugaba y no precisamente al póker (o quizás sí). Un día hablaré de ella, porque hace años se la llevó el sida canalla. De mi preciosa amiga C. yo no estaba enamorado, pero de mi maestra sí.

Un día le endiñé a un compañero de clase un mordisco. El muy pavo
osó contradecirme al respecto del sonido del claxón de los coches. Y lo marqué, ñaka, como a una res.

Billy el niño. Los reyes me habían traído un traje de cowboy.

Mi amada me castigó a copiar no sé qué al acabar la clase. Así que toda aquella infante reata de imbéciles se marchó a casa y yo me quedé a solas con ella y con otra maestra.

Mientras platicaban yo hacía mi tarea (la copia, y filarla de cerca: joven, delgada, cuello largo y elegante, pelo corto, claro y ojos claros, no muy alta, nerviosita)…

Me dijo, al cabo de un rato, que podía marcharme, pero la respondí que prefería acabar mi tarea. Un listo, eso es lo que yo era. Seis años. Y un latin lover bajito.

Al volver a casa le dije a mi padre que tenía que casarse con mi maestra. Se lo espeté así…, zas,
a tenazón. Era la hora de comer y supongo que allí estaba mi madre, pero no la recuerdo. Mi madre no contaba. Vagamente creo recordar la sonrisa de mi padre. Qué rata…

¿Cómo sé que estaba enamorado de ella?

Con el tiempo he podido advertir la lógica precisa y aplastante, también absolutamente inconsciente, de aquel crío que fui. A mí me gustaba mi maestra y me gustaba como mujer, sin duda, pero al mismo tiempo no podía dejar de advertir lo absurdo de aquel amor. Un amor imposible.

De modo que, para hacerla mía, recurrí a mi padre como la persona que no siendo yo mismo era lo más cercano a mí, lo más yo posible, y que podía dar cuerpo a aquella pasión.

Se equivocan quienes piensen que yo pretendía ese casamiento para así tenerla cerca de mí. Eso es una simpleza pseudopsicoanalítica. No quería acercarla a mí, la quería para mí. Para mí.

La quería como un hombre quiere a una mujer. Para devorarla.

… dedicado a ella, a doña juli, a la llopis, a doña G., a la marijosé coca y a aquella profesora de francés que cuando escribía en la pizarra le danzaba el culete que mareaba rien ne va plus

© VilBill

MIS ISMOS MISMITOS

8:::marzo:::2010


niños, niñas y mujeres mayas

Aunque no sea militante me tengo por ecologista, feminista y algún que otro ismo y oenegeísmo que pulula por los ahíses mundanos.

Cómo no ser ecologista. La Naturaleza tiene valor en sí misma y no es decente instrumentarla en beneficio de nuestra Especie y perjuicio del resto. Se lo debemos, además, a nuestros ancestros y a los locos bajitos que hemos alumbrado. Toda criatura sintiente merece respeto por estar viva, ser digna y singular.

Amo a los bichos y lechugas, sobre todo si están en mi menú.

Me tengo por feminista, porque serlo es de sentido común. Esto sostuvo una de las protofeministas: Mary Wollstonecraft, pareja de William Godwin, padres ambos de Mary Shelley, autora de esa imprescindible novela que se intitula Frankenstein o el moderno Prometeo. Y porque ser feminista es ser decente y cosa de mucha hombría.

Amo a las feministas, sobre todo si estoy en su menú.

Muchas oenegés y oenegedés merecen mi respeto y mi admiración,
mis dineros ocasionalmente (haití, la última vez), aunque fluctúo en el análisis de este hecho entre considerar que manifiestan la derrota del pensamiento y, por otra parte, la prueba de que alienta en el alma humana
un espíritu de resistencia.

Aun así suelo ser crítico con esos ismos; y a veces bocas, faltón incluso. Nobleza obliga.

Hace mucho tiempo mi espíritu percibía la paradoja de asumir esos
dos vectores aparentemente dispares. También hace mucho tiempo que resolví las fuentes de ambos.

Una cosa es el ismo concreto, con sus presupuestos, premisas y discurso,
y otra cosa son quienes dicen defenderlos. El filósofo Rüdiger Safranski sostiene que el psiquismo humano es de tal magnitud que sobrepasa a los modos en que se expresa, y necesita canalizar su energía sobrante en la acción.

En cristiano, todo ser humano necesita equilibrar ese exceso de energía y lo hace entregándose a causas morales, ideologías o, sin más, saliendo con los amigos a jugar a la petanca.

Dios ha muerto…, puso Nietzsche en boca de un loco, esto es, que todo
el sostén justificativo de una cosmovisión milenaria se había quedado sin referente y consuelo. Duele, ésa, la Vida.

Y aquí es donde está el problema. Muchos de esos sospechosos son auténticos primates tóxicos cuya mezquindad o indigencia mental, o ambas, encuentran acomodo en cualesquiera de los muchos ismos a la medida del ovejuno consumidor. De ahí al solucionario existencial, a la beatería o a los integrismos no hay más que un paso (corto).

Uff, qué tremenda piña. La cosa nobleza

Por supuesto, hay y siempre ha habido mujeres y hombres que se entregan a esas nobilísimas causas; y a ellos, a su sangre, sudor y lágrimas, el resto de sus primos debemos franco reconocimiento y afecto absolutos. La suya es una tarea heroica.

Unos y otros, pero de modo muy distinto, quedan perfectamente perfilados en los versos de Cernuda.

“… el hombre no tolera/ estar vivo sin más: como en un juego trágico/ necesita apostar su vida en algo”.

Luis Cernuda en el poema “Noche del hombre y su demonio”, del libro
“La realidad y el deseo”.

http://www.youtube.com/watch?v=7sc4ndmITy8

… dedicado a Romi
© Vil Korea