FUTBOLISTAS GENIALES

25:::septiembre:::2011

Ya lo he dicho aquí, soy del Atleti. Y me gusta el fútbol.

El fútbol inteligente, claro, eficaz y bello. Y si es posible, como en casi todo, minimalista. La navaja de Occam. Me gusta porque da ocasión a la armonía y a otros valores estéticos y morales. En el fútbol también hay cloacas, por supuesto, pero esta vez no va de eso.

El mejor futbolista que he visto sobre una cancha: Zinedine Zidane.

Si yo fuera presidente de un club de fútbol y pudiera elegir, ficharía, por este orden, a Xavi Hernández, Andrés Iniesta y Leo Messi.

Xavi Hernández representa lo apolíneo del juego, el orden, el tiralíneas, la mirada estratégica, la arquitectura sutil, la inteligencia clara, el cerebro capaz de jugar y, más, hacer jugar. Xavi es Newton pateando la manzana, Sun Tzu al asalto de Bactria, la Bauhaus con pantalón corto.

Andrés Iniesta encarna la magia, la intuición y la osadía, el asedio a las fronteras de lo casi imposible, la creatividad en un metro cuadrado, la esperanza de asistir a un instante de Belleza hurtado a los dictados del barro. Iniesta es un jugador cuántico, un Einstein con la cara nevada, Houdini en la cancha, el esplendor en la hierba.

Leo Messi es un arma de destrucción masiva, un tsunami por entregas capaz de gambetear al Afrika Korps del Mariscal de Campo Rommel. Es un punzón letal, una decocción neurotóxica de amanita muscaria y mate, un Leopard 2 con cara de oso hormiguero.

Juegan los tres en el Barça: felicidades, capullos. Y gracias.

© VilBill

¡VIVA ITALIA!

16:::septiembre:::2011


sofía loren

Que todo fluye es algo obvio y Heráclito nos lo recordó hace siglos.

Todo, sin remedio -y por qué habría de tenerlo-, cambia.

De esto sabían mucho Lampedusa y, a la fuerza, su príncipe. Y también todo el marxisterío en cuya izquierdísima ala antiestalinista milité en mi todavía muy cercana juventud (sin risas, porretas, o mis primos kosovares os van a masajear el occipucio con un martillo pneumático).

Cambian los gustos sobre la belleza, particularmente la de las personas. Rostros o tipos que hace veinte, cincuenta o cien años eran el canon, hoy nos dejan fríos. Las mujeres de Rubens debían de poner very burros a los rijosos varones de la época y hoy nos resultan tiernas y, por qué no, sexis por mullidas, claras e ingenuas.

Hay veces, no obstante, en que eclosiona una belleza universal, y ésta atraviesa los eones haciendo valer no tanto su particularidad cuanto el arquetipo: porque expresan la absoluta inmanencia de la Belleza. Y a uno le dan ganas, por ella, de armarse caballero.

En el film de 1960, It Started in Naples, Vittorio De Sica ve pasar a Sofía Loren cimbreando sus caderas. Se quita circunspecto el sombrero, lo lleva a su pecho y, muy patrióticamente, grita: “¡Viva Italia!”.

Aunque ahora Puerlusconi muestre lo peor de nuestra masculinidad, quiero decir que el personaje de De Sica la celebra y con ella la Vida. Vivan, pues, la masculinidad, Italia y la Vida.

http://youtu.be/C1mRguH8cuk

© VilBill & PM476

BALADA DEL ÁNGEL DESERTOR

1:::septiembre:::2011

El soldado.

Qué sed horrible (…)/ Tendido estoy y sólo veo estrellas./ El agujero de mi pecho alienta/ Como brutal error (…)/Siento (…) Y la postrer palabra sea: Sentí (…)

El brujo.

La guerra fue porque está siendo. Yerran/ los que la nombran. Nada valen y son sólo palabras/ las que te arrastran (…) humo estallado/(…) No, no hay vida

Vicente Aleixandre. “Sonido de la guerra” en “Diálogos del conocimiento”.

la pasajera:

miedo es lo que tienes, al sólo amor: perecerás en tu propia desazón

el ángel desertor:

no tengo miedo a enamorarme

lo que tengo es miedo a enamorarme absolutamente, y miedo a no enamorarme absolutamente

el pescador de esponjas:

¿qué juego falaz es éste?: gira y desciende; sobre todo, mesura el verbo,
o tu soberbia desmentirá esa escritura en la que habitas

el ángel desertor:

porque si absolutamente, te haría descender a los infiernos de mi alma
y te exigiría en cada luna, boca a boca, mi ración de seda y sangre, ser el cruel guardián de tus sueños, el herrumbroso cancel donde te alambraría, una áurea prisión, la más terrible; más que entrega, adoración: querría esto

enloquecerías, y yo contigo

el pescador de esponjas:

demasiadas fintas, poeta, yo acuerdo en ella; es miedo cerval: déjala, y vuelve a tu incomprensible abismo

el poeta deshauciado:

y ya profeso la dudosa dicha de hablar a solas, y los ruidos de la casa, fumar solo, beber, son los ritos que me empujan a los andenes del amanecer, cuando el frío es lo menos frío y la desesperanza acaba por ungir mis ojos con sueño al fin

el ángel desertor:

porque si no absolutamente, la vida, esta insaciable sed que no comprendo, que nadie, me arrebataría de tus brazos y arrojaría mi lucífero sexo a los espeluznantes bajíos de la noche, a la arrastrada mendicidad del deseo en los más obscuros lupanares de los puertos, a una segura derrota sin esquinas

a una bala enamorada de mi boca

la pasajera:

ángel mío yo te amé, acaso aún: pero desertas de cuanto nutres con tus ojos

un joven ebrio:

si asedio los flancos de la noche y me avengo a su dictado, si desnudo el corazón, la entraña, el verso, tanta desnudez que duele

si revelo los arcanos signos del espejo, giro, arengo, indago los anhelos de mi boca, desdeño los cuidados

si artillo mis ojos con cilicios de llanto, busco y desespero, acaricio mi sexo enardecido y vadeo los pechos del alba, los cierro sobre mí en desigual litigio, febril, avaricioso, bruto, los despedazo

hasta el improbable fin de mi deseo

el ángel desertor:

y ser el ángel que extermina cuanto enamora: enloquecerías, y yo contigo

zhora desencarnada:

no lo sabréis nunca, pobres idiotas, pero representáis para el deleite de los dioses, esas facilidades icónicas de las pasiones humanas: os cabe, si acaso, una cierta coautoría en vuestras vidas, ¿a qué tanta seriedad?

una huérfana de nombre:

el amor no es una herida limpia, y sufre quien lo ignora: bien lo sé;
su inesperada desnudez consume sin fuego, inquieta sajadura fluye en
la quietud de su cristal, crac, cristal

el ángel desertor:

no tengo miedo a enamorarme, amor, ya lo estoy, lo estuve siempre: lo que tengo es miedo a estar preso de tus labios, miedo a que mi corazón entonces, estas manos, mis ojos negasen por tres veces ser los míos, y a que esta insaciada vida, hambrienta y brutal, derramase la esfera de sus pechos sobre mi pecho y me reclamase la totalidad de las horas, la entera lluvia de mis entrañas, la verdadera luz perlada en la que fluyo

el pescador de esponjas:

toda palabra es un señuelo, todo poema un manifiesto maligno

la novia del viento:

el mundo es eco del silencio, el fragor de la tormenta no rasga la tela,
el rugido, o la marea, el alcor que se desploma bajo la lluvia, la hembra que
se rompe en nueve cachorros de luz y brama de dolor, urden la quietud

sólo el hombre, que sabe callar, habla

un viajero:

en este lento atardecer me adentro, silencioso, en el añorado jardín de la casa de mis padres: vuelvo al fin de un largo viaje, casi de noche, cuando ya la luna

el ángel desertor:

enloquecería, y tú conmigo

.

“¿Y a qué más si un clamor de sueños/ entreteje el estado de las cosas?”.

Carlos Montenegro. Del poema “Defensa de la deserción obscura”,
en el libro “Una lluvia interior” (1992).

© CrisC