LOCUM CASTRIS CAPERE

17:::octubre:::2012

Comenzó a tomar cuerpo en los primeros ochenta.

Miles de jóvenes parejas, por lo común profesionales liberales, fueron trasladando sus residencias desde la ciudad a las urbanizaciones periféricas. Como si un flautista de Hamelín los hubiera convocado.

Y así muchos de ellos adquirieron sui iuris et quibusdam talibus argumentis sus nuevas casas de una o dos plantas, jardín y piscina. Otros las construyeron ellos mismos.

Se hicieron peritos en lunas, maderas, azulejos exóticos y muebles de retrodiseño, todo ello antes de los tiempos del prêt-à-porter de Ikea. Se abrió paso un cierto gusto por el mueble clásico (significativo dato) y todo lo que después fue vintage. Era lo chic.

Llenaron sus paredes de obras pictóricas, grabados o litografías, cerámica
y escultura en muchos casos. Cuidaron por vez primera de árboles frutales, pinos, plantas de interior, exterior y, a veces, huertecillos de orégano, tomillo y maría fontaneda.

Y tuvieron hijos mientras elaboraban frascos de conservas y patchwork.

Antes de todo esto habían luchado contra la dictadura en las calles de la ciudad, en la Universidad, en los barrios donde habitaron su primer piso y donde transcurrieron mil noches de ducados, brandy barato y digresiones sobre la revolución pendiente. Siempre había algún trotskista astroso.

Lo intentaron. Algo consiguieron.

Al final de los setenta la realidad se les echó encima como a ese albañil del poema de Hernández en el que “la piedra cobra su torva densidad brutal en un momento (…) Y en su obra fueron precipitados él y el viento”.

Supieron que la Revolución fue una quimera traicionada.

Algo me ha enseñado la escasa antropología que sé: los pueblos, como los individuos, no tienen consciencia de los vectores profundos que rigen sus comportamientos, ritos e instituciones. Toda iniciativa es siempre una respuesta adaptativa, sea natural, cultural o ambas. Y es un disfraz.

Ellos no tuvieron consciencia de su romano retiro al campo…

El mazazo del desencanto que trajo la denominada transición española, una transición a la democracia formal y burguesa de la que su noble izquierdismo tanto había abominado, no sin razón, los llevó a reformular -insisto, siempre en términos inconscientes- sus anteriores anhelos de transformación social.

E intentaron construir en sus retiros el paraíso que les negó la Historia.

Hoy están volviendo a la ciudad, donde hay mucho de lo que siempre hubo… Y casi nada de lo que fue soñado.

Acaso intramuros hallen alguna de las esperanzas que invocaron.

© PM476

10 Responses to “LOCUM CASTRIS CAPERE”

  1. coeliquore Says:

    Un buen análisis que coincide con muchos casos que conozco. En el mío fue más prosaico: después de varios años destinada por esos pueblos de dios, la vuelta a la city se me hizo grande y no me reconocí en ella. Sumado que tenía niños chicos, pues: ¡a criarlos con mermelada casera!!. Supongo que también pronto volveré a ella, más por cuestiones logísticas que por esperanzas susceptibles de hacerse realidad: éstas son independientes del lugar en que estamos.

    Me gusta

  2. Atticus Says:

    Los años que he vivido no son los que cuentas. Por eso nunca he entendido ese éxodo, que nunca he sabido si era una añoranza del hombre natural de Rousseau o indagación de la autenticidad, o simplemente la posesión de algo grande y lucido con lo que poder fardar en la partida de squash. Lo ignoro. Y no lo entiendo.

    Nunca me ha interesado vivir en un chalet (o casa, perdón: el lenguaje no es neutral), pero no porque no me guste el campo, sino al contrario. Un ejemplo: si todos los madrileños se hicieran una casa con su correspondiente parcela de 100 metros cuadrados… simplemente nos quedábamos sin campo. Aunque a algunos les parezca extraño, ni siquiera el argumento de la ecología es válido: es mucho más ecológica la ciudad.

    Pero todo este urbanismo más o menos ilustrado que estoy defendiendo empieza a tambalearse en cuanto cojo el coche o cuando algún mendrugo nos informa de madrugada de que vuelve de su juerga. Mal rayo le parta. A ordeñar lo ponía yo.

    Me gusta


  3. Sin duda alguna lo más eficiente es compactar y hacerlo en altura. Es positivo en cuanto a ahorro de suelo, instalaciones, etc. Uno de los debates es cómo “convencer” al usuario de que la “torre” plurifuncional es mejor que el tejido monofuncional de vivienda unifamiliar en parcela cuando la imagen de “éxito” o de “meta” no está en un bloque. Otro, muy en voga, sería cuál es la altura más óptima de esa “torre”. Y con ello, muchos más…nuevos modelos de ciudad… paisaje… etc… ¡Lo cierto es que un tema muy vigente!

    Tras la lectura del post pensé en la música de entonces y la música de ahora. Los elementos de denuncia, de rabia, de injusticia, siguen siendo los mismos. A pesar de la imagen que se trata de vender, de evolución, de cambio… nothing de nothing…

    Un abrazo para tod@s

    Me gusta


  4. jejeje… boga con b como bogavante… jejeje… el Vogue… ¡Qué me confunde! Jajaja…

    Me gusta

  5. coeliquore Says:

    He de decir (por tirar una lanza a mi favor) que las casas siempre eran viejas, no se construyó nada porque ya existían. Bueno, y que en caso de que vengan malos tiempos,o peores, siempre podremos valernos de ellas también como refugio y fuente de alimentación 🙂

    Me gusta

  6. Josevi Says:

    Efectivamente Crisc, no se tiene conciencia de los vectores profundos que rigen el comportamiento. Muchas veces ese “vuelco” sobre la casa (o el coche, etc.) es una huida. Esto suele denotar, a mi entender, un vacío interior (o un estar en disconformidad con uno mismo), sentimiento, con el cual no se suele saber lidiar, y a algunos, solo les queda como válvula de escape, una proyección e identificación con las posesiones externas.

    Me gusta

  7. CrisC Says:

    los niños chicos es lo que tienen, Coeliq, que devoran hasta mermelada de morcilla y bocatas de logística de dos en dos

    en efecto, Atticus, algo de querencia de buen salvaje hay en nuestra cultura, y también la fuga de la ciudad hacia las villas que ya se dio en Roma o en la pre-Italia que traza el Decameron: tampoco envidio la cosa-chalet pero entiendo la pulsión (mal rayo parta al mendrugo)

    me perdí en la eficiencia compactiva de la altura y el vértigo desde la torre plurifuncional me remurmulla las meninges monofuncionales, Clothbbi, así que si Vogue está en boga por mí fale, ya te digo

    eso sí, Coeliq, en la ciudad no hay lugar para la siembra ni la recolecta: a ver esas hortalizas ecológicas

    más que huida fue, tal lo veo, una reformulación posibilista (realista) de los anhelos de transformación social que caracterizaron a aquella generación; no veo vacío interior, socio, sino ingente ingenuidad, luego hartura, desencanto y, en definitiva, opción por la realidad (doliente) frente al deseo; se la jugaron, se la jugaron de verdad dejando aparcados estudios, promociones profesionales y tranquilidades, trabajando en talleres, tajos y fábricas; y perdieron: la gente decente siempre pierde: tenían derecho a reconstruir sus vidas, tenían la obligación

    Me gusta

  8. Silvia Says:

    Igual es porque todo sigue la ley del péndulo, pero no son pocos los representantes de mi generación que sienten la necesidad de hacerse un huerto en las aceras, y yo mismo fantaseé en mi primer y último año en convertirme en la nueva protagonista de ‘5panes de cebada’ de Lucía Baquedano.
    No será esto otro ejemplo del inconformismo humano que desea lo que no tiene? y no es el deseo un querer siempre negado porque si nos lo concedieran cambiaríamos el objeto de nuestro deseo? (¿soy yo o he escrito lo msimo pero con otras palabras que lo que ha escrito mi señor papi?, ¡que conste que lo he leído a posteriori!)

    Me gusta

  9. Josevi Says:

    Ingente ingenuidad, hartura, desencanto… opción por la “realidad” doliente frente al deseo. Socio, todas estas adjetivaciones a mi modesto modo de entender, es el “síndrome (conjunto de síntomas) del vacío interior”. Pero puedo estar perfectamente equivocado.

    Me gusta

  10. CrisC Says:

    Qué cosas lees, Silvia. No, no has escrito lo msimo que paipai, digo papi, pero y si sí no pasa na, al fin y al cabo mi querido socio algo tiene que ver contigo y, además, es de buen año (no seas mala, no digo que está así como hermosote y de buen año sino que es de buena cosecha).

    Sobre el “vacío interior”…, que yo, por ejemplo, sí tengo: no sé si lo he hecho bien, pero mi post quiere ser un homenaje a mujeres y hombres que sacrificaron su vida personal en favor de una sociedad más justa, libre y divertida mientras la mayoría de este pueblo se atocinaba en sus tresillos y afuera los grises molían a palos a críos con unos huevos como calabazas y un corazón lleno de limpísimos sueños utópicos.

    Militaron en organizaciones clandestinas: los vigilaban de continuo, los despidieron de sus trabajos, los torturaban en comisarías, los encarcelaron. A algunos los mataron. Vagamente recuerdo nombres y lugares: Almería (Javier Verdejo, al que asesinaron mientras pretendía hacer una pintada que no pudo acabar: pan, trabajo y lib…), Basauri, Arturo nosé…, Yolanda González (apenas una niña), Vitoria, Madrid (abogados de Atocha y muchos más), Valencia (Valentín González, militante cenetista, creo que asesinado en las cercanías del actual Instituto Botánico Cavanilles), Miquel Grau, Tarragona…

    Sacrificaron promoción profesional y estudios trabajando en tajos infectos cuando podrían haberlo hecho en oficinas y despachos. Viajaron por la geografía de España dejando sus casas porque era necesario crear núcleos de lucha en todos los lugares. Sé nombres de guerra (Juana, Belinda, Felipe, Concha, Pío, Gregorio, Daniel…) y también sus nombres verdaderos (que no voy a dar).

    Se la jugaron, perdieron sus sueños y nos hicieron ganar los nuestros.

    Lo sé porque los conocí bien, muy bien. Y de cerca. Muy de cerca.

    No tuvieron vacío interior alguno, no sé ahora, no buscan en sus posesiones placebo ni olvido alguno, no abren espita ninguna para el drenaje de frustraciones ni están disconformes con su vida. No. Y si sí, tienen derecho, obligación y lo comprendo.

    Tenían ese derecho de reconstruir sus vidas en el plano puramente personal. Porque en el plano colectivo este “intratable pueblo de cabreros” (Gil de Biedma) los dejó con el culo al aire. Tenían derecho. Tenían obligación. Algunos se pasaron al tocine, no lo critico, otros siguen en la brecha (hay que joderse, qué caezones).

    Yo lo veo así. Lo sorry, me salió el agitador de masas (de pan no, capullos, miá qué graciosones sois )…

    Me gusta


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s