HALLOWEEN MADRID ARENA

30:::noviembre:::2012

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Acaba de morir la quinta niña. 20 años.

Ha muerto de estupidez. La de quienes lo hemos permitido. La de quienes somos garantes de un sistema que consagra como ley fundamental la codicia, la inepcia y la estupidez: la codicia de los poderosos, la inepcia de los políticos, la estupidez de todos.

Cabrones sin remedio. Cabrones.

Pienso en los padres de ella, pienso en los padres de todas ellas. En su sufrimiento imposible de adjetivar. Siento su dolor no como si fuera el mío, esto es imposible, lo siento devorándome lo ya tan devorado: el respeto por mi especie. La esperanza.

Cuando aún contaba menos años que ellas leí un poema que ha conformado una buena parte de mi obscura cosmovisión: Defensa de los lobos contra los corderos, del libro “Poesías para los que no leen poesías” (1971). El poema es de 1957. Hans Magnus Enzensberger es el autor.

El poema dicta con dolida ironía que es normal que los lobos actúen como tales. Son lobos. ¿Qué queréis que devoren?, dice el poeta… ¿Qué pretendéis del chacal? ¿Que se despoje de su piel? ¿Y del lobo? ¿Que se arranque sus colmillos?

… “¿qué miráis boquiabiertos/ en la mentirosa pantalla del televisor?”.

¿Quién “le cose al mariscal/ la franja de sangre en los pantalones”? ¿Quién “coge la propina, la moneda de plata,/ el óbolo del silencio”? Y “¿quién los aplaude? ¿quién/ los condecora y distingue? ¿quién está hambriento de mentiras?”.

Y el poeta se desangra al decir “cobardes (que) encomendáis a los lobos la función de pensar”…, porque “un anillo en la nariz es vuestra joya predilecta (…) para vosotros ningún engaño es lo bastante estúpido”.

Que los buitres de las finanzas y de los negocios sean una horda de lobos es normal, está en su ser, pero que quienes no lo somos seamos una recua de obtusos acomodados, regidos para una turba de políticos mendaces, ineptos y trincones, eso ya es más grave. Es estupidez.

Cuánta porquería.

Esta queja es, no obstante, como la de quien se queja de que el agua moje, que el fuego arda o que un tonto -dice el proverbio- se quede mirando la punta del dedo que le señala la luna. Estúpido hijoputa.

Mis hijas están ahora en uno de esos conciertos. Supongo que vivas.

© Six Roy

ETERNO RETORNO DE LA INOCENCIA

28:::noviembre:::2012

¿No se acercó a mí un niño que llevaba un espejo?
Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

1) Huy, qué risa…
2) ¡Joé, qué miedo!
3) Huy, qué risa…

http://youtu.be/JXRD2Tj3WHo

© VilBill

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IV/IV

Nada se le alcanzaba en su simplicidad, de todo esto, a Segismundo Román
de María, que fue antepasado y más de aquel poeta líquido…, y que avistaba de nuevo La Española sin saber si regresaba ahora o fue regreso cuando atracó en Sevilla.

Nadie lo acogió al pie de la Torre del Oro, nadie lo esperaba ahora. El vino balché sagrado buscaría el tracto encendido de su garganta descendiendo a su corazón, exangüe en el regazo del Chac-Mool.

Antes de que en una lenta tarde de Chichén Itzá la niña Lupe aprendiese de Doña Juana de Azcárate la Vida, ya la muerte le hubo mostrado su hórrida faz y supo que de los ríos, que son metáfora del decurso humano, a veces sólo queda como un ahogo y una infancia interrumpida.

Aprendió el tiempo que se toma el llanto verdadero, intuyó los mandatos futuros de su maternidad, supo que la memoria hiere con sus torpes ojos y también que, paradójicamente, cauteriza las heridas que causa. Y quiso ser buena.

Al advertir que sus lágrimas ya no fecundaban el áureo maíz, quiso Kan Xib Chaac, la forma amarilla del dios Chaac, que el marino español Segismundo Román de María dictase al Tiempo y a la lluvia el nombre que soy ahora.

Y que la niña Lupe nutriera con su sangre la que hoy es mía.

mi gratitud a IRM que, sin saberlo, inspiró algunos vectores del relato.
Y dedicado a mis abuelos María y Segismundo, María y Román.

© CrisC

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III/IV

La niña Lupe se miraba en los ojos de la hermosa nodriza, y los posos derramaban, en la mirada de ella, los amaneceres que habrían de ser, lo que acalla el palimpsesto, los versos prescindibles y la cifra última de todos los crepúsculos.

En el humano empeño de ser, que tanto tiene de puro impulso biológico, de cálida inmovilidad, de conservación de las cosas y seres, se nos va la vida sin darnos cuenta de que su tren es el nuestro y las estaciones un accidente, no más, del viaje.

“Todo vuelve a mí, como si un tren antiguo pasara silbando”, escribió el poeta de la lluvia interior, una vez que pudo liberar de su ágil muñeca las humildes ajorcas de muchos colores.

Regresar es una tarea imposible, ocioso es decirlo, pues si todo fluye nada permanece en lo que fue: tampoco quien aguarda, ni el hombre o mujer que dicen volver.

A Borges le hubiera gustado añadir que frecuentaba esta tentación del regreso, pero que se trata de una tarea ontológicamente improbable. Borges fue así. Y así los poetas…, ávidos y descarnados, altos, felinos, ajenos a todo decoro, intimidantes pero delicados. Veraces, sobre todo.

Todo está escrito en las piedras del Cielo, menos los caminos…

© CrisC

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II/IV

“Cierto que todo sueño conspira para ser eterno, más aún todo placer”, continuó en susurros Metzcóatl; pero nada acontece más allá del Sol y del insondable capricho de sus días.

El Cielo rielaba en las aguas del cenote sacrificial, en el brillo de la sal ardiente, en la penumbra del nopal cuando el equinoccio, mientras unos niños que jugaban advirtieron a Kukulkán descendiendo por la alfarda norte del templo…, y creyeron reconocerlo por el trazo isósceles de su lengua.

“No fueron los dioses, aquellas elevaciones prácticas, aquella liturgia cruel pero natural que desconocía la culpa, quienes trajeron al Yucatán la viruela, la espada y la codicia; no fueron los dioses sino los sacerdotes quienes las avalaron”, anotó en su pensamiento uno de los descendientes de aquellos infantes.

Hizo girar la taza -y refiero a Juana, una chichihua india preciosamente anegrada y elegante- frente a los ojos anchamente abiertos de la niña, que se removía bajo su sencillo huipil en cada mohín de la sigilosa fémina chamán.

El atardecer se desangraba en ascuas sobre el quicio dentado de la selva, y hacía callar con mimo a las bestias domésticas, a las aves pequeñas, al tenso ulular del viento…

© CrisC

“Espejo de palabras: ¿dónde estuve? (…) Ando en busca del nombre desde entonces”.
Octavio Paz. Del poema Pasado en claro, en el libro Delta de cinco brazos.

I/IV

Antes de que en una lenta tarde de Chichén Itzá la niña Lupe aprendiese de Doña Juana de Azcárate los arcanos inscritos en los restos de café, Heráclito el Obscuro había contemplado ya el curso de todos los ríos y asimismo comprendido que el flujo es a la vez ser y no ser.

El trovador de Soria, mucho después, confesó a su soledad que todo pasa y queda. Y nos incluyó en el Tiempo desertor.

“¿Por qué será que un soplo de frío y el silencio se han alzado a nuestros ojos como los sicarios de una sombra?” Esto dijo Metzcóatl al ébano de su dormida amada mientras trataba de adivinarse en la obsidiana de una daga antigua.

Y esto supo leer lejos de allí, más aún, siglos después -nadie sabrá cómo-,
el marino español Segismundo Román de María en los glifos de un muro de Tenochtitlan, a la novena noche después de que Moctezuma II confiara en Cortés, abriéndole su pecho y las puertas de la ciudad.

Y con este fiar ingenuo, anclado en la superstición y en esa deletérea caterva de hombres amanerados, mendaces y de través -hablo de los sacerdotes-, dio su Imperio a la disolución en el polvo infinito…

© CrisC

SER COMO JOHN RAMBO

7:::noviembre:::2012

“¿Dónde están todos?”

Como John Rambo debo de ser un simple.

No me quejo, es lo que hay. Llevo un tiempo haciendo impremeditada genealogía de mi vida y he descubierto que desde muy niño tengo lo que podría denominar “ansia de tribu” y, ahora, nostalgia.

Curioso porque si no solitarista sí soy un gran individualista.

Contradictoriamente con esta profesión de fe, no acabo de estar a gusto ni aceptar a cualquiera en mi atención. Y en mi corazón, mucho menos. En esto pongo condiciones, elementales pero firmes. Soy educado o lo procuro, claro está, pero no me entrego si no encuentro unos mínimos de generosidad emocional. Y pruebas.

Esa exigencia muestra mi anacronismo moral (y su consecuente estética).

Los vectores que hacen de mí este paradójico híbrido son muy personales, arrancan de mi infancia, cómo no, y tampoco creo que interesen a nadie. Y si lo hicieren, sepan que sólo le doy a la mojarra sobre ello en posición decúbito supino y tras un… O dos (cigarritos).

Pensad lo que queráis. Y acertaréis.

En mi blog doy cuenta de mi peripecia individual si creo que ello expresa alguna universalidad; si no, sería narcisismo y dar paliza tueste a mi guardia lectoriana. Y, favor, eso no.

Cuando al pobre Rambo le dan ocasión de hablar y no sólo de explosionar cosas…, expresa un elementalísimo deseo con el que me identifico: echa de menos a aquellos compañeros que estaban a su lado y protegían sus pasos en todo momento. En todo momento.

Esa primaria ética de la continua presencia es la mía.

He advertido en esta dolorosa genealogía que no deseo amigos de vez en vez que son más bien amistades de nunca en nunca…, sino algo que ya demolió la Modernidad y su triunfalísimo Capitalismo, algo así como camaradas de clan, hermanos de tribu, sangre compartida. Algo así. Es éste un afán premoderno, qué digo, paleolítico.

No se puede ser más lerdo que yo.

Como Leopoldo María Panero en el poema El loco mirando desde la puerta del jardín sé que “a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada de demonio o de dios debo mi ruina”, en cristiano, me sé coautor con la Vida de mi vida. Y responsable de ella. Me felicito.

Y con el poeta Félix Grande digo esto: “si delinques te aplastará la soledad”… Y delinco. Y anoto a Vladimir Holan en el poema El poeta agonizante: “Al precio de mi vida he defendido la libertad ardiendo de deseo y asombro”.

Más Holan: “Hay destinos donde lo que carece de temblor no es sólido”.

Culmino ahora un profundo vector autocognoscitivo en mi vida. Y quizás cierre con este post otros que expresaron más o menos explícitamente (para mí) lo que éste quiere expresar. Estoy feliz por ello. No es redondo, ya me doy cuenta, pero es claro, poderoso y cauterio.

Desde una óptica evolutiva soy prescindible, más, dañino para mi especie.

Justifico la sentencia del oráculo de Delfos, soy fiel a uno de los manifiestos de la Ilustración, encarno alguna de las exigencias (in)humanas que quiso ese loco que murió para la Vida en la Piazza Carlo Alberto de la ciudad de Turín.

En un concurso de gilipollas me descalificarían por abusón.

“Me hiere y cauteriza.
Invoca a la noche sobre el altar de mis ojos,
me ilumina. Anega mi pecho,
pero me drena el Alma. Linde obscuro
que enardece mi sed.
Dicta mi nombre.

Una lluvia interior”.

Del libro y poema con el mismo título: “Una lluvia interior” (1992).

© CrisC