NOCHE DEL HOMBRE EN CHICHÉN ITZÁ 1.

14:::noviembre:::2012

“Espejo de palabras: ¿dónde estuve? (…) Ando en busca del nombre desde entonces”.
Octavio Paz. Del poema Pasado en claro, en el libro Delta de cinco brazos.

I/IV

Antes de que en una lenta tarde de Chichén Itzá la niña Lupe aprendiese de Doña Juana de Azcárate los arcanos inscritos en los restos de café, Heráclito el Obscuro había contemplado ya el curso de todos los ríos y asimismo comprendido que el flujo es a la vez ser y no ser.

El trovador de Soria, mucho después, confesó a su soledad que todo pasa y queda. Y nos incluyó en el Tiempo desertor.

“¿Por qué será que un soplo de frío y el silencio se han alzado a nuestros ojos como los sicarios de una sombra?” Esto dijo Metzcóatl al ébano de su dormida amada mientras trataba de adivinarse en la obsidiana de una daga antigua.

Y esto supo leer lejos de allí, más aún, siglos después -nadie sabrá cómo-,
el marino español Segismundo Román de María en los glifos de un muro de Tenochtitlan, a la novena noche después de que Moctezuma II confiara en Cortés, abriéndole su pecho y las puertas de la ciudad.

Y con este fiar ingenuo, anclado en la superstición y en esa deletérea caterva de hombres amanerados, mendaces y de través -hablo de los sacerdotes-, dio su Imperio a la disolución en el polvo infinito…

© CrisC