NOCHE DEL HOMBRE EN CHICHÉN ITZÁ 2.

17:::noviembre:::2012

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II/IV

“Cierto que todo sueño conspira para ser eterno, más aún todo placer”, continuó en susurros Metzcóatl; pero nada acontece más allá del Sol y del insondable capricho de sus días.

El Cielo rielaba en las aguas del cenote sacrificial, en el brillo de la sal ardiente, en la penumbra del nopal cuando el equinoccio, mientras unos niños que jugaban advirtieron a Kukulkán descendiendo por la alfarda norte del templo…, y creyeron reconocerlo por el trazo isósceles de su lengua.

“No fueron los dioses, aquellas elevaciones prácticas, aquella liturgia cruel pero natural que desconocía la culpa, quienes trajeron al Yucatán la viruela, la espada y la codicia; no fueron los dioses sino los sacerdotes quienes las avalaron”, anotó en su pensamiento uno de los descendientes de aquellos infantes.

Hizo girar la taza -y refiero a Juana, una chichihua india preciosamente anegrada y elegante- frente a los ojos anchamente abiertos de la niña, que se removía bajo su sencillo huipil en cada mohín de la sigilosa fémina chamán.

El atardecer se desangraba en ascuas sobre el quicio dentado de la selva, y hacía callar con mimo a las bestias domésticas, a las aves pequeñas, al tenso ulular del viento…

© CrisC