EL LLANTO Y LA LLUVIA III.

2:::noviembre:::2013

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III/IV

Buscó ambos trabajos en la biblioteca de la rectoría, en modernas librerías universitarias, en viejas librerías de viejo, en la biblioteca del arzobispado…, con una pasión que juzgaba impropia del sagrado ministerio que ejercía.

Encontró La imagen del Tiempo en esta última, pero no El enigma del Tiempo.

Era un libro breve, austero y bello; sin prólogo, sin datos sobre el autor, que efectivamente era un tal Patrick O’ Malley. Una nota inicial declara en el primer capítulo que La imagen del Tiempo “le debe casi todo” a un libro olvidado…, sí, El enigma del Tiempo.

Si pese a lo dicho y no dicho por Limerick, llegó a imprimirse, quizás la biblioteca de la Universidad lo tuviera, pensó el padre O’ Malley, e incluso podría conservar el manuscrito que el viejo impresor tal vez no quemó.

Fue al día siguiente, urgido por esa esperanza no menos que por la certeza de su inverosímil lectura. La biblioteca se asomaba a un hermoso jardín. La dama que lo atendió era de una belleza melancólica, juzgó el padre O’ Malley, y sus ojos dibujaban una mirada de carmín rojo.

“Por el año que me indica, padre, ese libro estará en fondos aún por informatizar”, y se ofreció a ayudarlo en su búsqueda. Lo condujo a un lugar apartado, y sobre una mesa depositó unos ficheros que prometían polvo ácaro. También dos tazas de té.

Buscaron cada uno por su lado. El padre O’ Malley percibía a un tiempo el envejecido aroma de las fichas y el fragante otoñal de la bibliotecaria, pero lo que no sintió fue el paso de las horas, ni el frío, ni el atardecer violeta que languidecía en su nuca.

© CrisC