EICHMANN EN JERUSALÉN

9:::abril:::2016

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Bibliografía: Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén (1963). Debolsillo, 2013, Barcelona.

I

La banalidad del mal.

Sentí que ya era hora de hablar de esta locución con algún conocimiento de causa. Leí que Hannah Arendt la menciona por vez primera (no sé si lo hace en alguna otra obra) en el libro que intitula este post.

Lo leí. Es todo mi caudal bibliográfico.

II

Arendt no la menciona hasta la penúltima línea del último capítulo del libro. Luego viene un epílogo en el que no dice nada; y después un post scríptum en el que hay algo más, pero muy poco.

Y es así aunque su subtítulo sea Un estudio sobre la banalidad del mal.

III

No hablaré del libro en su conjunto, sólo de esa banalidad.

No más unas notas: Arendt es crítica con Eichmann, claro está, pero también con el proceso, el tribunal y el Estado de Israel… Y con los consejos judíos que colaboraron con Eichmann para armar los trenes de la muerte.

Eso no gustó. Al Poder nunca le gusta el bisturí intempestivo.

En Jerusalén “no es un individuo quien se sienta en el banquillo, no es tampoco el régimen nazi, sino el antisemitismo secular” (p.37). Lo cierto es que el Holocausto, a mi juicio, fue posible no sólo por el nazismo sino por ese limo antisemita milenario que lo nutrió.

IV

Adolf Eichmann.

No acabó el bachiller superior. Era algo afásico, e incapaz de ser creativo y personal con el lenguaje: usaba frases hechas. Su incapacidad de hablar “iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar” (79).

Probablemente era incapaz de empatía.

No era antisemita, no odiaba a los judíos. Presumió, no obstante, de haber cargado en su conciencia “la muerte de cinco millones de judíos” (75) y de que ello le causaba “una extraordinaria satisfacción” (75).

Arendt insinúa que era más un bocazas que otra cosa.

De hecho sugiere que a pesar “de los esfuerzos del fiscal” (85), resultaba obvio que más que un monstruo era “un payaso” (85). Se trataba de un tipo que quiso pertenecer a algo mayor que él mismo para poder ser alguien.

V

Nunca llegó a ser una figura relevante en el organigrama del Reich.

Cuando en el ánimo de las alimañas nazis la solución final ya estaba pergeñada, él aún pensaba en términos de emigración forzosa y de la creación de un “Estado judío autónomo” (111) y protectorado en Polonia.

Hasta que se dio cuenta de la verdad. Y la administró.

VI

Declara Arendt haber estudiado “la conciencia de Eichmann” (165).

Ese estudio sólo pudo hacerlo desde la descripción de sus actos y de sus argumentos. Y desde ahí dedujo su conciencia. Una conciencia que declara no tanto cumplir las órdenes cuanto la Ley.

Este fiel cumplidor de la Ley sería un cínico de no ser un tarado moral, un estúpido, porque declara con toda seriedad que su trabajo organizativo había “ayudado a sus víctimas, por cuanto les había facilitado ir al encuentro con su destino” (277).

Eichmann fue ahorcado el 31 de Mayo de 1962 hacia la medianoche.

En la penúltima línea del último capítulo del libro, como ya dije antes, Hannah Arendt reseña las últimas, tópicas y desnutridas palabras de Adolf Eichmann. Y dice que resumen “la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes” (368).

VII

Mudé el gesto al leer estas palabras de Arendt.

Porque ya empezaba a pensar que la locución se me había trasleído. Y más. Porque la filósofa declaraba sentirse impotente para comprender esa maldad, no tanto por maldad cuanto por su banalidad.

Me enojé más que sentirme decepcionado.

Dice en el epílogo que a los jueces les hubiera resultado muy reconfortante “poder creer que Eichmann era un monstruo” (402). Lo peor de Eichmann es “que hubo muchos hombres como él” (402) y que “no fueron pervertidos ni sádicos (sino) terrible y terroríficamente normales” (402).

VIII

En la lectura del post scríptum volví a enojarme.

Porque Hannah Arendt escribe que su libro no trata del “mayor desastre sufrido por el pueblo judío (como tampoco es) una crónica del totalitarismo (…) ni por último tampoco, ni mucho menos, un tratado sobre la naturaleza del mal” (415).

¿Qué? ¿Entonces de qué trata?

Arendt, no obstante, me pone en mi sitio y sostiene que en el proceso a Eichmann se ha juzgado contumazmente a algo más que un individuo o a un pueblo concretos, ni siquiera al antisemitismo a solas porque “es la humanidad quien se sienta en el banquillo” (416).

Algunos -dice- no descansarán hasta descubrir “un Adolf Eichmann en el interior de cada uno de nosotros” (416). Y también que sigue creyendo que en ese proceso se trataba “de administrar justicia y nada más” (416).

Me cuesta creer en tal positivismo (rigor) jurídico.

IX

Escribe que comprende que “el subtítulo de la presente obra puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal (…) me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente” (417).

Y es aquí donde yo la comprendo a ella.

Yo esperaba un análisis brillante de una conciencia tortuosa y banal sin contradicción, esperaba hondura, desvelamiento, despellejamiento de un alma y ver su mecanismo. Arendt no lo ve necesario y, casi con ingenuidad, dice que en el curso del juicio eso resulta evidente.

Creo que en esto tiene razón, Eichmann transparece sin filtro su simpleza.

X

Disiento de Hannah en algo.

Su libro sí trata de la naturaleza del mal aunque no sea un tratado. Yo sí sospecho, además, que un Eichmann acecha, si no en todos, sí en muchos seres humanos. Los veo cada día.

Hannah dice que “Eichmann no era un estúpido” (418).

Sí que lo era, Hannah, sí que lo era, de ahí su maldad y, por estúpido, su banalidad. Y el peligro claro y evidente de que millones de seres humanos estén a dos pasos de ser un nuevo Eichmann.

Es cierto que no cabe “atribuir a Eichmann diabólica profundidad” (418), pero precisamente por eso fue un criminal, no sólo por hijoeputa sino, sobre todo, por gilipollas.

El fundamento del Mal es la estupidez. Y no hay cura.

XI

Atención a la advertencia de Hannah.

“Es propio de la historia de la naturaleza humana que cualquier acto ejecutado una vez (…) siga siendo una posibilidad mucho después de que su actualización haya pasado a formar parte de la historia (…) tan pronto un delito ha hecho su primera aparición en la historia, su repetición se convierte en una posibilidad mucho más probable que su primera aparición” (397/8).

No sé si decir sin comentarios u otra cosa.

Hannah, como he citado, dice que ante la lección maligna de Eichmann el pensamiento se sentía impotente, pero me vienen a la memoria unas palabras de Jean Daniel acerca de que la resistencia se halla en manos de aquellos hombres y mujeres que reinventan día a día el pensamiento.

Y otras de Gilles Deleuze en Nietzsche y la filosofía. Más o menos éstas…

Cuando alguien se atreva preguntar para qué sirve la filosofía, que la respuesta sea agresiva: la filosofía sirve para detestar la estupidez y hacer de ella algo vergonzoso. Y de la bajeza.

Hay que pensar para impedirles que crezcan y se acomoden.

Y es a nosotros a quienes corresponde ir a los lugares más altos, a las horas más extremas…, ir allá donde viven y se alzan las verdades más elevadas, las más profundas. A nosotros, parafrasea Deleuze a Nietzsche.

XII

¿A nosotros? Qué risa. No existe ningún nosotros.

© CrisC

14 Responses to “EICHMANN EN JERUSALÉN”

  1. Manel D. Martí Says:

    Estremecedor.

    Sobre todo porque recorde aquello de “no hay nada más peligroso que un tonto”. Siempre supe que no era una sentencia inocente pese a las risas que pudiera generar. Volver sobre ella tras haber leído esto me da escalofríos.

    Solía pensar en la estúpidez, en la simpleza, como una potencial permisividad frente al mal, pero ahora veo que es quedarse corto. El mal en sí mismo tiene todas las de nacer de la banalidad. Tal vez más dificilmente cuando todo marcha con normalidad, pero con suma facilidad en las horas más extremas.

    Veo hoy una Europa plagada de estupidez y no de miedo, sino de cobardía. Una Europa que, pese a haber pasado por lo mismo, planta muros asesinos en la cara del prójimo cuando más ayuda necesita este. Y no son tanto las medidas de unas instituciones que nunca conocieron otro modo de actuar las que me llenan de rabia, no tanto como el berreo vehemente de la masa de cobardes estúpidos que clama, que exige, esos muros.

    Tu última frase fue una puñalada. Me llenó de desasosiego por un momento, pero al mismo tiempo encuentro en ella una oportunidad. Puede que la fantasía del nosotros no pasé de ahí, de ser un bonito delirio. Pero existe un yo, un yo con la irremediable responsabilidad de escribir con sus actos la historia de eso que llamamos humanidad, de construir su proyecto de humanidad. El hombre es el porvenir del hombre. Que se extienda esta certeza sobre el yo y tal vez algún día acabemos hablando de nosotros.

    Por cierto, volver sobre el rostro simple de Eichmann tras leer el post fue brutal, has elegido la imagen perfecta para encabezarlo.

    Salud, CrisC.

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  2. CrisC Says:

    Imagino a Hannah también estremecida.

    El monstruo es casi por definición una singularidad, una excepción difícilmente repetible. Aterra, pero caduca. No es el caso de Eichmann, que no era un monstruo sino un simple.

    Conjeturo que constatarlo fue muy duro para ella, porque podemos entender al malvado, a la bestia, pero no al lerdo capaz de lo que Eichmann fue capaz.

    Y de ahí procede la locución de la banalidad del mal.

    Y, como dices, cuando ésta tiene la ocasión al llegar “las horas más extremas”, entonces ocurre lo peor. ¿Quién podía imaginar, por poner un ejemplo, que íbamos a ver en los años 90, en Sarajevo, una reedición de aquellos espectrales prisioneros de Auschwitz?

    ¿Quién? Hannah Arendt. La cito en el capítulo IX del post.

    Ay, esta Europa… Los Estados se mueven por intereses (no sé si añadir espurios o ya se comprende que lo son). Las democracias occidentales y, sobre todo, Estados Unidos, abandonaron España al fascismo.

    En Argelès-sur-Mer nosotros fuimos los niños sirios de Samos o Lesbos.

    Celebro constatar tu energía y tu esperanza. Salud, Manel.

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  3. Atticus Says:

    La estupidez europea de la que habláis más arriba es de distinto tipo. La estupidez de Eichmann es de otro tipo: es la estupidez de funcionario obediente, del súbdito que aplica normativa a los que son aún más súbditos que él y cree por eso que sus estatus le engrandece cuando es justamente al contrario.

    La obediencia siempre me ha parecido una virtud sospechosa. Porque es más medio que fin, porque precisa guías, carriles; por lo tanto es heterónoma y son otros los que trazan las instrucciones a obededer. Enseñamos a los niños a obedecer porque pretendemos que sean capaes de darse ódenes a sí mismo en el futuro, no para que sean dependientes. Moral de esclavos, desde luego.

    Leí hace cientos de años una referencia al escritor Anatole France que decía que él prefería al malo antes que al tonto, porque el primero lo es a veces, mientras que el segundo lo es a tiempo completo. Lo he recordado al leer tu post, aunque aquí hay una relación causa efecto: su maldad es consecuencia de su limitada inteligencia combinada fatalmente con la obediencia ciega (el que no sabe ser su dueño necesita otros dueños).

    Si recuerdas, hay una película “Hannah Arendt”, que refiere este juicio. Muy recomendable para los que no la hayan visto.

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  4. CrisC Says:

    La jeró de Eichmann revela su estupidez. Y su peligro.

    Porque, en efecto, hace de la obediencia voto y virtud. Hay obedeceres necesarios, claro, y desobedeceres imprescindibles. Eichmann no supo de eso, requiere pensamiento.

    He referido esa frase de Anatole France muchas veces, desconocía su autoría y, además de subscribirla, me gusta eso de que el tonto lo es con avaricia de eternidad.

    Si Eichmann representa la banalidad del mal, tu homónimo el Sr. Finch representa la dignidad del bien.

    No he visto la peli, Atticus, pero ya estoy en ello.

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  5. In Progress Says:

    Al hilo de lo que apunta Manel, hay una frase de Martin Luther King que dice: “No hay nada más peligroso que un ignorante con poder”.
    Y lo malo es que todos los que tienen poder lo son, y mucho más aquellos que los secundan, esos súbditos de los que habla Atticus.
    ¿Y por qué nos dejamos hacer por un poder en el que no cree prácticamente nadie?
    Existe porque le damos existencia con el silencio.
    Señor CrisC: gracias, gracias, gracias por compartir estos pensamientos.

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  6. CrisC Says:

    Un ignorante que no lo sabe es siempre un problema.

    Recuerdo ahora esa frase (es lo mejor) de la peli de Spiderman: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Muy cierto.

    Y demasiadas veces el Poder es consentido.

    Gracias a ti por comentar, Ip.

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  7. Vicky Says:

    Me encantó el final, fue sorprendente (y hasta cruel). Hoy me levanté pensando en Alejandro Magno, porque es el nombre de personas que he amado. Y recordé había sido alumno de Aristóteles. Eso no impidió que se alzara contra los helenos de manera despiadada o contra los egipcios. No obstante dejó un legado de grandes centros de conocimiento, La Biblioteca y capitales prósperas. De haber sido un completo imbécil al chocar con el oriente los habría aniquilado; al contrario, optó por hacer una boda colectiva.

    Quizás en el invento de la razón y de la mente, yace cierta crueldad deshumanizante, aunque suene a profunda incivilidad. Algunos indígenas de mi zona, recomiendan “sentipensar”, palabra también apropiada por Galeano.

    Y tal vez compartimos como advierte Hannah algo de estupidez, que en el poder es fatal y en la comedia celestial. Y la condición humana es intrínsecamente cómica. Ya nos lo relatará el ahorcado.

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  8. CrisC Says:

    Quizás sea como dices o que lo que nos deshumaniza nos humanizó, dejando menos en los márgenes que en el hueso un profundo instinto de crueldad.

    Creí que yo había inventado sentipensar, Vicky, y no. Vaya.

    A Hannah tuvo que dolerle descubrir, e interiorizar, que Adolf Eichmann fue un hombre normal, tanto que ella no pudo, o no quiso, considerarlo un estúpido. Quizás se trate de alguna sutileza de la traducción.

    La cara del ahorcado es tan estúpida que aterra.

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  9. U-topía Says:

    Lo leí hace un año y medio. La lectura de esta obra nos pone delante de una terrible realidad, la capacidad del ser humano normal y corriente de causar daño a sus congéneres por ideales, lo pernicioso que es dejarse arrastrar por las ideas dominantes en un momento histórico determinado y abandonar la capacidad de decidir por una misma en manos de las leyes de un Estado totalitario, refugiándose en su cumplimiento necesario. El colapso moral general que fue capaz de provocar el nazismo en toda una nación como la culta Alemania y otros muchos países europeos ocupados por ellos en los que el colaboracionismo predominó. E incluso el colapso moral que produjo entre las víctimas para salvarse del exterminio incluso negociando con los criminales. ¿Quién puede saber lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho en esas circunstancias? Sí sabemos que hubo seres excepcionales que, perdidos en un océano de confusión, de muerte y de terror, supieron discernir lo más elemental del comportamiento humano y se mantuvieron internamente libres para discernir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Seres excepcionales para actuar con normalidad en momentos excepcionales. Su existencia es la única esperanza en el género humano de que podemos disponer (o casi).

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  10. konnichi Wa Says:

    El filósofo Günther Anders, que estuvo casado con la Arendt, tiene un pequeño pero esclarecedor libro de apenas 100 páginas titulado: Nosotros, los hijos de Eichmann. Creo que alguna vez te lo he nombrado porque me gustó mucho, tanto que me parece una maravillosa respuesta a la “banalidad del mal”. Esa expresión siempre me ha creado cierta incomodidad. Más que el monstruo.
    El libro recoge dos cartas que escribió el filósofo al hijo de Eichmann donde le recuerda que “las ignominias no son patrimonio exclusivo del pasado, pues todos somos hijos del mundo de Eichmann, el mundo del exterminio sistemático, cuyos monstruosos efectos superan nuestra capacidad de comprensión. De ahí el peligro de que lleguemos a funcionar como engranajes de esas mismas máquinas, sin resistencia y sin conciencia”.
    Lejos de parecer que por algún momento intenta justificar al monstruo, le argumenta magníficamente por qué no podemos ni debemos perdonar a su padre. De hecho, le pide, le exige, que reniegue de él y de lo que conscientemente hizo, pues el silencio y la pasividad frente a la injusticia son una forma más de culpabilidad.
    Genial el post, CCT.

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  11. CrisC Says:

    Ésa es la venenosa médula del horror.

    Un horror que fue administrado por seres humanos normales y corrientes. No es el caso de Adolf Eichmann, pero sí hubo, y los hay hoy…, casos en los que otras formas de aquel horror conrradiano lo practican sujetos que creen tener ideales pero que ni siquiera tienen ideas.

    Y que lo llevase a cabo el país de Kant suma más horror.

    Hannah es crítica, como dije, con los consejos judíos, pero también benevolente. ¿Quién -como dices, U-top- puede saber lo que hubiera hecho en esas circunstancias?

    Hubo, menos mal (siempre los hay), mujeres y hombres de mucha estatura.

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  12. CrisC Says:

    Uff…, ese título de Günther Anders escuece.

    No es la tesis de ella, pero me temo que sí es la mía. Quizás porque, como Hannah, creo que él no es un monstruo y, a diferencia de ella, sí creo que es un estúpido.

    Y de ahí su banalidad aterradora. ¿Y su rostro?

    Citas el desconcierto de Anders, que es el de ella, no tanto ante lo que hizo Eichmann -que también- cuanto el porqué y sus argumentos

    Puesto en marcha un engranaje, puede llegar a devorar(nos).

    Advierte Hannah Arendt que lo ocurrido deja caminos abiertos a la ignominia…, y advierte de que puede volver a ocurrir. Y ante todo ello, sí, ese silencio y pasividad que mencionas nos harían culpables.

    Genial el comentario, knW.

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  13. In progress Says:

    Qué me decís de la nobleza de espíritu?
    Por qué ha de manifestarse en situaciones de dolor como paliativo?
    (Llámese Schlinder, Mandela o señor anónimo).
    Por qué no surge entre la dicha y evita esas cosas tan terribles?
    Leí que algunos funcionarios nazis se tiraban a las fosas comunes antes de fusilar a los cadavéricos judíos para morir quemados pues no podían soportar tanto horror.
    Es terrible pensar que la respuesta está en la condición humana.

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  14. CrisC Says:

    Ocurre a diario, por ejemplo, el Mark de mi post La dama y el vagabundo. Y lo de esos nazis… no lo creo, Ip, fuera de alguna acción individual.

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