el poeta no sabe medir los tiempos del decoro, vive de hacer sangre
el suyo es un destino monstruoso, urgido de luz

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A diferencia de los últimos veranos (siete), en éste casi no he escrito.

A finales de Agosto releo a José Hierro, Libro de las alucinaciones. Cátedra. Madrid, 1986, págs. 127/8.

“… dime si merecía
la pena descolgarte, por la noche,
de tu prisión al Tajo, ser herido
por las palabras y las disciplinas,
soportar corazones, bocas, ojos
rigurosos, beber la soledad”…

El poeta habla de Juan de la Cruz y la piedad se asoma a sus versos, como también lo hace su propio dolor: él sabe bien lo que es esa bebediza soledad. Y no menos de las heridas que causa.

“Dime si merecía
la pena, Juan de Yepes, vadear
noches, llagas, olvidos, hielos, hierros,
adentrar en la nada el cuerpo, hacer
que de él nacieran las palabras vivas,
en silencio y tristeza”…

Y el poeta pregunta al poeta si merece la pena.

Es una pregunta retórica, bien sabe que todo poeta habita en su escritura y que ésta, como todo amor cierto, es un destino. A veces callará porque a veces el silencio salva.

A veces callará porque a veces el mejor poema es una eyaculación.

Yo no armé mi blog para sólo excretar fruslerías o entretenimientos, vine a desnudar el corazón y a abrirme las venas para que la sangre diga lo que sólo la sangre puede. Vine a la alegría y al dolor, lo quise todo.

Porque no hay verso cierto que no haga temblar o no tiemble.

El poeta es una desgarradura esencial, un monstruo, resulta de un destino… Y cuanto es destino no negocia.

“… dime si merecía
la pena padecer con fuego y sombra (…)
batir la carne contra el yunque, Juan
de Yepes, para esto (…)

Dime que sí, José Hierro, dime que la merecía.

https://youtu.be/PyxLaHmOaYM

© CrisC