Me hiere y cauteriza.
Invoca a la noche sobre el altar de mis ojos, me ilumina.
Anega mi pecho, pero me drena el Alma. Linde obscuro que enardece mi sed.
Dicta mi nombre.

Una lluvia interior.

Ángel Villalobos
Del poema “Lluvia Interior”, en el libro “Tratado de los Pareceres” (1992).

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Hay muchas cosas que no sé. Y no me importa.

He aprendido a seguir los dictados de mi piel, que son los de mi alma. La reflexión viene después y puede iluminar o no con sus conceptos las honduras de mi corazón, pero el pensamiento ya es postrero. Y menor.

No sé por qué el lenguaje erótico coincide tantas veces con el de la violencia, ahí está la entera historia de la poesía; no sé por qué la imaginería artística, el cine, lo muestran de igual modo.

Son hechos. Algo querrá decir.

En la faz de la Teresa de Bernini no sabemos si hay éxtasis religioso, dolor u orgasmo. Puesto en imágenes o en palabras, el cuerpo desbordado es siempre el mismo y su quejido acaso no delate la causa: la tortura, el arrobo místico o que se corre.

Algo así hay en el film de Nagisa Oshima “El imperio de los sentidos” (1976).

No sólo en la representación estética de la condición humana lo hay, los días y noches de miles de seres anónimos rezuman este enigma. Hay quien profiere insultos en el clímax, obscenidades, llanto, reza, vislumbra lo infinito de su ser, se abandona a una dulce agresividad, advierte una metamorfosis demoledora, casi inhumana, recita versos inaudibles o anota, al final del match, los daños, las marcas, la herida luminosa en la boca de ella.

La petite mort.

En Los Versos del Capitán, el Tigre acecha “entre las hojas anchas como lingotes de mineral mojado” mientras “el río blanco crece bajo la niebla”. Ella llega, se desnuda y sumerge; el tigre espera.

Y entonces “en un salto de fuego, sangre (y) dientes”, de un zarpazo derriba
su pecho, sus caderas, bebe su sangre, rompe sus “miembros uno a uno” y se queda “velando por años en la selva”, velando sus huesos, su ceniza, lejos de todo, desarmado por su muerte, “cruzado por las lianas”, inmóvil bajo la lluvia, “centinela implacable de (su) amor asesino”.

Yo amo así.

Si vas a desnudarte para mí has de saber que puedes morir.

© Six Roy

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