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I

Afuera la ventisca arañaba las piedras con hambre de lobo, y la lluvia arreciaba contra los cristales de la rectoría.

El invierno alzaba sus cuarteles y desplegaba sus tropas de asalto.

Junto a la chimenea, el padre Patrick O’ Malley tomaba su Guinness de la tarde y se deleitaba con los reflejos dorados que el fuego trazaba en la espuma.

Releía viejos textos sobre aquellas banshees de la mitología irlandesa que anunciaban con su llanto la muerte de algún familiar, mujeres de cabello largo y obscuro, tez pálida y ojos rojos de tanto llorar, larvadas, solas, bellísimas de tanta tristeza.

Aquellas hadas célticas llenaron su infancia de temor; su adolescencia, de culpable deseo.

Al abrir un ajado cartapacio que perteneció a su padre, cayó en su regazo una hoja rota de lo que parecía ser un libro. El pasaje que era legible en una de sus páginas hablaba del Tiempo, ese ángel turbio y homicida.

Tuvo la extraña corazonada de haberlo leído antes, mucho antes, pero…, y esto era lo insólito, en forma de manuscrito…

Leyó también algunas cartas. Una de ellas se demoraba en comentarios cosmológicos, y aludía con insistencia a un ensayo sobre la naturaleza del Tiempo; allí donde parecían citarse autor y título, el padre O’ Malley advirtió una descuidada raspadura de la tinta.

La carta, no obstante, deploraba algo indeterminado en ese trabajo.

Volvió a la hoja rota y observó en la parte inferior de una de sus páginas unas letras borrosas: Limerick Printers. Esa vieja imprenta aún existe, junto al puente que cruza el Shannon -se dijo el padre O’ Malley-, sin poder evitar pensar que la hoja y la obra referida en la carta pudieran guardar alguna relación.

II

Durmió inquieto y el amanecer le sirvió para desayunar una cefalea de color mostaza. Se afeitó, vistió su traje de alzacuello y buscó la imprenta. Dos jóvenes le atendieron, pero no sabían nada. La chica dijo “le preguntaré a él”, y señaló a un anciano que fumaba su pipa junto al ventanal.

“Sí, susurró el viejo, recuerdo a su padre, el Capitán Sean O’ Malley. Y también el manuscrito que trajo para su impresión. Diré, aunque mi memoria no me auxilia en esto, que él no era su autor. Fue en el 58, a finales de un verano inusitadamente glacial y lluvioso. Usted, padre O’ Malley, apenas tendría unos pocos días de vida. El manuscrito rezaba así: El enigma del Tiempo. Su padre, después, me rogó que lo quemara”.

Cuando el padre O’ Malley le preguntó si, no obstante, imprimió el manuscrito…, el viejo se devolvió al silencio.

Al regresar a la rectoría, el padre Patrick O’ Malley entró en Google; el buscador volcó en la pantalla catorce entradas, que es el número que Borges dice equivaler al infinito. Ninguna de ellas era El enigma del Tiempo, aunque sí… La imagen del Tiempo. Pero no era de 1958, sino del año 2000.

Quizás el viejo Limerick, pensó el padre O’ Malley, había confundido el título; pero lo del año no podía ser un error. Se desanimó un poco, pero lo que le dejó estupefacto fue que el autor de La imagen del Tiempo se llamara como él mismo: Patrick O’ Malley.

III

Buscó ambos trabajos en la biblioteca de la rectoría, en modernas librerías universitarias, en viejas librerías de viejo, en la biblioteca del arzobispado…, con una pasión que juzgaba impropia del sagrado ministerio que ejercía.

Encontró La imagen del Tiempo en esta última, pero no El enigma del Tiempo.

Era un libro breve, austero y bello; sin prólogo, sin datos sobre el autor, que efectivamente era un tal Patrick O’ Malley. Una nota inicial declara en el primer capítulo que La imagen del Tiempo “le debe casi todo” a un libro olvidado…, sí, El enigma del Tiempo.

Si pese a lo dicho y no dicho por Limerick, llegó a imprimirse, quizás la biblioteca de la Universidad lo tuviera, pensó el padre O’ Malley, e incluso podría conservar el manuscrito que el viejo impresor tal vez no quemó.

Fue al día siguiente, urgido por esa esperanza no menos que por la certeza de su inverosímil lectura. La biblioteca se asomaba a un hermoso jardín. La dama que lo atendió era de una belleza melancólica, juzgó el padre O’ Malley, y sus ojos dibujaban una mirada de carmín rojo.

“Por el año que me indica, padre, ese libro estará en fondos aún por informatizar”, y se ofreció a ayudarlo en su búsqueda. Lo condujo a un lugar apartado, y sobre una mesa depositó unos ficheros que prometían polvo ácaro. También dos tazas de té.

Buscaron cada uno por su lado. El padre O’ Malley percibía a un tiempo el envejecido aroma de las fichas y el fragante otoñal de la bibliotecaria, pero lo que no sintió fue el paso de las horas, ni el frío, ni el atardecer violeta que languidecía en su nuca.

IV

El padre O’ Malley ve llegar hacia su mano una mano blanca que sostiene una ficha amarillenta: El enigma del Tiempo.

Ve llegar un manuscrito y un dedo que le señala delicadamente unas letras: son las que su memoria guarda y quizás aguarda. Ve llegar un pequeño libro: El enigma del Tiempo, 1958, Limerick Printers.

Al padre Patrick O’ Malley se le humedecen los ojos cuando lee el nombre del autor, Sean O’ Malley, y reconoce a su padre en la vieja fotografía de la contraportada. Aquel frío verano de 1958 fue duro para el duro Capitán Sean O’ Malley: publicó el libro, nació su único hijo y también moriría su mujer, madre del pequeño Patrick, nueve días después del parto.

Lo que sí sabe el padre O’ Malley es que su padre no se perdonó haber estado ausente cuando murió su esposa; tampoco perdonó a su familia no haberle avisado a tiempo esa tarde en que la señora O’ Malley se sintió morir; y sabe bien, lo sabe, que su padre jamás se absolvió a sí mismo por haber fiado en frívolas supersticiones sobre jóvenes banshees que anunciaban la muerte con su gaélico llanto.

Y lo que por encima de todo nunca se perdonó Sean O’ Malley fue haber estado embebido en El enigma del Tiempo mientras su mujer agonizaba en una tarde de lluvia.

A medida que leía y ya secaba sus lágrimas, el padre O’ Malley creyó oír un gemido entrecortado y triste. Atardecía. Buscó en el bolsillo sus gafas graduadas y sólo entonces reparó en que no vestía, como de costumbre, su traje de clérigo, sino… ropa de mar.

Sintió un escalofrío. Quizás la tensión y el cansancio distorsionaban su percepción. Quiso alzar la vista, pero al cerrar el libro sintió un espasmo en el brazo y no pudo evitar rasgar una de las hojas. Lamentó que su agotamiento hubiera causado aquel estrago.

Cuando leyó el contenido de una de sus páginas…, se levantó de un salto, temblando, helado… El pasaje que era legible hablaba del Tiempo…, y observó en la parte inferior unas muy singulares y ya conocidas letras borrosas: Limerick Printers.

Quiso mirar a la bibliotecaria buscando sentido, pero sus ojos se cruzaron con unos ojos rojos de llanto sobre el fondo de una jovencísima belleza pálida.

– ¿Por qué lloras así?
– Este verano es tan frío…, y tan triste, ¿no cree?
– ¿Quién eres?
– Empieza a llover -dijo la banshee. Vuelva a casa…, Capitán O’ Malley.

… dedicado a mi padre, in memoriam

© CrisC

One Response to “EL LLANTO Y LA LLUVIA”

  1. maria josé Says:

    qué suspense, necesito más.

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