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El Hombre es una trágica singularidad. Es único. Y está solo.

Es el lugar donde confluyen las fuerzas de dos descomunales placas tectónicas: la Naturaleza y la Cultura.

El armageddon de ese choque brutal es su conciencia.

Ésta levanta acta de su existencia contingente, volátil y puramente aleatoria. Es el dictado de la Naturaleza.

Del mismo modo certifica los apremios, la dureza y dificultades de la vida social. Es el dictado de la Cultura.

Una suerte de extraño laudo entre esas dos bestias que nos ignoran, constituye nuestra vida.

El héroe trágico concita como ningún otro esa monstruosa fricción telúrica.

La tragedia griega lo desculpabiliza porque lo sabe juguete en manos de fuerzas que lo sobrepasan. Las llama dioses.

Es la condición humana.

Nietzsche le añade una extrema exigencia: el héroe trágico -que expresa una de las alturas de esa condición- debe vivir con entereza, más aún, con alegría ese desgarro inhumano, demasiado humano.

Es el Sísifo de Camus descendiendo por la ladera de la montaña.

© CrisC

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