La infancia es un lugar propicio para los mitos. Cuando yo era chico había en nuestro imaginario, tan fértil como delirante, algunas marcas de tabaco que eran verdadera mitología. Eran los tiempos de los celtas, ducados y otros tabacos plebeyos y morochos.

Como los niños que éramos, asistíamos boquiabiertos a las peroratas de los amigos mayores que hablaban con arrobo, misterio y hasta glamour de algunos tabacos. Barruntábamos en aquellos nombres, casi siempre ingleses, el enigmático mundo de los adultos y aventurábamos en él secretos y placeres que inconscientemente pretendíamos capturar si fumábamos uno de aquellos cigarrillos.

Camel, Marlboro, Winston, el Lucky Strike del que después tantas y tantas cajetillas abrí y fumé, o el Pall Mall que en este instante acabo de encender. Esos nombres tenían el valor de los emblemas. Pero había dos marcas de las que los mayores hablaban con voz susurrante y pupilas dilatadas, y su eufonía sólo podía provenir de algún Olimpo que alguna vez habría de ser nuestro. Eran Craven A y Muratti Ambassador. Esas dos locuciones eran como nombres de dioses. Pero había uno del que se decía que era el mejor tabaco del mundo: Philip Morris.

A veces la infancia es el Paraíso y la siento latir cálidamente en mi pecho. Y por si faltaba algo, ahora llueve larga y densamente; y recupero mi niñez con un segundo cigarrillo mientras la lluvia resbala de mi pelo a mis ojos, de mis ojos a mis labios y a la llama viva que habita mi boca.

Six Roy

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