“Espejo de palabras: ¿dónde estuve? (…) Ando en busca del nombre desde entonces”.
Octavio Paz. Del poema Pasado en claro, en el libro Delta de cinco brazos.


I/IV

Antes de que en una lenta tarde de Chichén Itzá la niña Lupe aprendiese de Doña Juana de Azcárate los arcanos inscritos en los restos de café, Heráclito el Obscuro había contemplado ya el curso de todos los ríos y asimismo comprendido que el flujo es a la vez ser y no ser.

El trovador de Soria, mucho después, confesó a su soledad que todo pasa y queda. Y nos incluyó en el Tiempo desertor.

“¿Por qué será que un soplo de frío y el silencio se han alzado a nuestros ojos como los sicarios de una sombra?” Esto dijo Metzcóatl al ébano de su dormida amada mientras trataba de adivinarse en la obsidiana de una daga antigua.

Y esto supo leer lejos de allí, más aún, siglos después -nadie sabrá cómo-,
el marino español Segismundo Román de María en los glifos de un muro de Tenochtitlan, a la novena noche después de que Moctezuma II confiara en Cortés, abriéndole su pecho y las puertas de la ciudad.

Y con este fiar ingenuo, anclado en la superstición y en esa deletérea caterva de hombres amanerados, mendaces y de través -hablo de los sacerdotes-, dio su Imperio a la disolución en el polvo infinito…

II/IV

“Cierto que todo sueño conspira para ser eterno, más aún todo placer”, continuó en susurros Metzcóatl; pero nada acontece más allá del Sol y del insondable capricho de sus días.

El Cielo rielaba en las aguas del cenote sacrificial, en el brillo de la sal ardiente, en la penumbra del nopal cuando el equinoccio, mientras unos niños que jugaban advirtieron a Kukulkán descendiendo por la alfarda norte del templo…, y creyeron reconocerlo por el trazo isósceles de su lengua.

“No fueron los dioses, aquellas elevaciones prácticas, aquella liturgia cruel pero natural que desconocía la culpa, quienes trajeron al Yucatán la viruela, la espada y la codicia; no fueron los dioses sino los sacerdotes quienes las avalaron”, anotó en su pensamiento uno de los descendientes de aquellos infantes.

Hizo girar la taza -y refiero a Juana, una chichihua india preciosamente anegrada y elegante- frente a los ojos anchamente abiertos de la niña, que se removía bajo su sencillo huipil en cada mohín de la sigilosa fémina chamán.

El atardecer se desangraba en ascuas sobre el quicio dentado de la selva, y hacía callar con mimo a las bestias domésticas, a las aves pequeñas, al tenso ulular del viento…

III/IV

La niña Lupe se miraba en los ojos de la hermosa nodriza, y los posos derramaban, en la mirada de ella, los amaneceres que habrían de ser, lo que acalla el palimpsesto, los versos prescindibles y la cifra última de todos los crepúsculos.

En el humano empeño de ser, que tanto tiene de puro impulso biológico, de cálida inmovilidad, de conservación de las cosas y seres, se nos va la vida sin darnos cuenta de que su tren es el nuestro y las estaciones un accidente, no más, del viaje.

“Todo vuelve a mí, como si un tren antiguo pasara silbando”, escribió el poeta de la lluvia interior, una vez que pudo liberar de su ágil muñeca las humildes ajorcas de muchos colores.

Regresar es una tarea imposible, ocioso es decirlo, pues si todo fluye nada permanece en lo que fue: tampoco quien aguarda, ni el hombre o mujer que dicen volver.

A Borges le hubiera gustado añadir que frecuentaba esta tentación del regreso, pero que se trata de una tarea ontológicamente improbable. Borges fue así. Y así los poetas…, ávidos y descarnados, altos, felinos, ajenos a todo decoro, intimidantes pero delicados. Veraces, sobre todo.

Todo está escrito en las piedras del Cielo, menos los caminos…

IV/IV

Nada se le alcanzaba en su simplicidad, de todo esto, a Segismundo Román
de María, que fue antepasado y más de aquel poeta líquido…, y que avistaba de nuevo La Española sin saber si regresaba ahora o fue regreso cuando atracó en Sevilla.

Nadie lo acogió al pie de la Torre del Oro, nadie lo esperaba ahora. El vino balché sagrado buscaría el tracto encendido de su garganta descendiendo a su corazón, exangüe en el regazo del Chac-Mool.

Antes de que en una lenta tarde de Chichén Itzá la niña Lupe aprendiese de Doña Juana de Azcárate la Vida, ya la muerte le hubo mostrado su hórrida faz y supo que de los ríos, que son metáfora del decurso humano, a veces sólo queda como un ahogo y una infancia interrumpida.

Aprendió el tiempo que se toma el llanto verdadero, intuyó los mandatos futuros de su maternidad, supo que la memoria hiere con sus torpes ojos y también que, paradójicamente, cauteriza las heridas que causa. Y quiso ser buena.

Al advertir que sus lágrimas ya no fecundaban el áureo maíz, quiso Kan Xib Chaac, la forma amarilla del dios Chaac, que el marino español Segismundo Román de María dictase al Tiempo y a la lluvia el nombre que soy ahora.

Y que la niña Lupe nutriera con su sangre la que hoy es mía.

… mi gratitud a IRM que, sin saberlo, inspiró algunos vectores del relato.
Y dedicado a mis abuelos María y Segismundo, María y Román.

© CrisC